24/06/2018 / 13:33
Luis Monje Ciruelo


Imagenes

En la catedral

Todos lo que en Sigüenza estuvimos, y yo en cabeza por la edad, algún día no lejano seremos solo espíritus adensados en los rincones de la catedral.


Al entrar, (con dificultades, por cierto) en la catedral de Sigüenza para asistir a la apertura del Año jubilar y celebrar el 850 aniversario de su consagración como templo religioso, me sentí en algún momento de la larga ceremonia el niño de doce años que era  en octubre de 1936, quizá el 15 ó el 16, recién conquistada la ciudad, que veía sorprendido el cielo a través de los enormes boquetes en  los techos hundidos de la nave catedralicia que lleva a la capilla de El Doncel, y el suelo cubierto de montones de escombros. Y se me ocurrió pensar, al ver la extraordinaria concurrencia de autoridades y personalidades locales y provinciales, (con notorias ausencias), en los asistentes que ocho siglos y medio atrás, fueron testigos de la consagración que conmemorábamos. ¿Qué habrá sido de sus restos mortales, que un tiempo fueron ceniza y después polvo impalpable y en algún momento “como verdura de las eras”, según la exacta definición de Jorge Manrique?  ¿Habrá entonces  otro periodista, dentro de varios siglos, que reflexione, como yo ahora, en la brevedad de la vida por contraste con la perdurabilidad de los muros catedralicios, puesto  que la Biblia dice, que “la vida pasa como una sombra” y alguien la  ha definido como “un parpadeo de la Eternidad”? Todos lo que en Sigüenza estuvimos, y yo en cabeza por la edad, algún día no lejano seremos solo espíritus adensados en los rincones de la catedral, “maciza, ancha y bruna”, según la definió Ortega y Gasset y “Turris Fortis” al decir de mi amigo el canónigo Archivero Felipe Peces- Rata. Pasaremos todos, generación tras generación, sin dejar huella, como dice la Biblia, pese a los esfuerzos de cada uno, según sus cualidades, para prolongar su memoria mediante los hijos, los libros, las obras de Arte o los hechos meritorios, cuando lo más fácil y seguro es grabar nuestro nombre, no digo en mármoles y bronces, sino en una humilde roca, no en una pared con bolígrafo o rotulador para decir simplemente “aquí estuvo Pedro García con su novia el día tantos de tantos”, lo que tendría sentido en la cumbre del Everest o en el Polo Norte?, pero no en la caseta de un pastor o en las paredes de una sala de espera.    


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