02/03/2018 / 17:14
Emilio Fernández Galiano


Imagenes

Fake News (con perdón)

Las redes se han convertido en una especie de vida paralela, pero no llevan el lacre de autenticidad.


No tengo nada en contra del pobre Sylvester Stallone (Rocky), lo de pobre es una forma de expresarse, pero me hubiera gustado que el bulo sobre su fallecimiento, a raíz de determinadas publicaciones en la red, se hubiera utilizado igualmente con Enrique Castro Quini. Me da a mí que el “brujo” era tan auténtico que ni terceros malintencionados hubieran jugado con su muerte.
    Las redes se han convertido en una especie de vida paralela, pero no llevan el lacre de autenticidad. Eso no pasaba antes. O al menos no pasaba de forma tan escandalosa. Un veterano periódico (periódico de papel, de los de siempre, pudiera ser el mismo Nueva Alcarria de nuestra Celtiberia Show del añorado Carandell,utilizaba como reclamo publicitario o identitario la sentencia “si no lo hemos publicado, es que no ha pasado”. Se jugaba por entonces con una presunción de veracidad. Ya fuera una inauguración oficial, un  natalicio o un enlace matrimonial apadrinado por el marqués de turno. Pero si salía publicado es que se había consumado.  Ahora te mandan una foto por Instagram y dudas del muslamen de la retratada, de la tableta del retratado, de si hay Photoshop por medio, o de si la ubicación en lugar de Honolulu es una playa de Matalascañas.
    Es lo que denominan las “Fake News”, con perdón por el uso del anglicismo, que apostillaría el genuino Forges. Esto es, algo así como “Noticias Falsas”, que corren por las redes como la pólvora generando un provisional estado de estupefacción. A Rocky ya le han matado unas cuantas veces, como al “Puma”, a Julio Iglesias o a la mismísima Shakira. Los desmentidos suelen ser rápidos, pero a veces queda en el subconsciente una duda razonable sobre la existencia en vida o no de un personaje. De tal manera, cuando murió Paul Newman, muchos fuimos escépticos por la cantidad de veces que anteriormente le habían sepultado. Lo de Pedro y el lobo pero en versión 2.0.
    Bien orquestado, podríamos convencer a cualquiera de una realidad virtual en la que “sentiría” una vida ficticia, como en el Show de Truman. De hecho, algunos la buscan adrede bien con unas gafas virtuales, bien acompañados de un mágnum de vino. Otros, pretenden ejercer una presidencia a través de una pantalla de cristal líquido. Y es que la fantasía da mucho juego.
Pero una cosa es cómo queramos montárnoslo y otra que, por la mano que mece la cuna, nos manipulen o intenten hacerlo. La manipulación de la realidad la elevó a técnica propagandística Joseph Goebbels, pero su uso y práctica se viene haciendo desde las primeras civilizaciones. El problema es que la inmediatez de las nuevas tecnologías no precisan ni adoctrinamiento ni un marketing más o menos esmerado. Basta con tener una cuenta en cualquier red social conocida con un buen puñado de seguidores. El efecto es inmediato, con independencia de su permanencia que, afortunadamente, suele ser fugaz. O no.
    Como en todo, la convivencia del hombre (del ser humano, me refiero) con sus inventos debe ser regulada de igual forma que los coches terminaron sometiéndose a los semáforos. Y, no nos engañemos, respetamos el rojo por miedo a la multa. Que se acojonen los que divulguen cualquier Fake News. Por sus consecuencias jurídicas, pero no por transgredir determinados principios, pues ya han demostrado que no los tienen.
Es mi recomendación, no se crean todo lo que se publique en las redes. Si leen que me han concedido el premio Nacional a las Bellas Artes, es falso. A no ser que lo haya publicado Nueva Alcarria.


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