13/08/2018 / 12:11
Javier Sanz


Imagenes

Fiesta

San Roque es en la Castilla entera y románica el abogado defensor frente a la peste, pero la más benigna.


Gloria a Dios en las alturas, recogieron las basuras de mi calle, ayer a oscuras y hoy sembrada de bombillas… dice Serrat en un son que es pura fiesta calle arriba y abajo y que el personal se apura en cantar chillando más que el de al lado, pero sin darse cuenta de las dos banderillas negras que ha clavado el autor en el hoyo de las agujas en los tres primeros versos. El primero, para rimar, pero los otros dos son pura denuncia: barran las calles, tapen las vergüenzas, que llegan los visitantes y, en el tercero, iluminen el pueblo, ayer a oscuras. Es la fiesta. Eros frente a Tánatos, mitología que hoy se reduce a calimocho en vaso de plástico y un peto guarro firmado por la cofradía estival de los cien mil hijos de San Luis, nietos de San Fermín, frente a cuya hornacina se arrodillan peregrinos desde Australia hasta Talavera de la Reina que han llegado para recoger el diploma de una mayoría de edad que ya no la da haber leído a los clásicos de tu cultura para comprender que en su esencia está desde el fenómeno del amanecer siempre por el mismo sitio hasta la consunción del páncreas cuando lo has bautizado con un manguerazo eterno de ginebra desprecintada.

Es la fiesta, en honor a San Roque, a quien el único compañero le lamía las llagas porque así se aliviaban los dos, el santo del dolor y el chucho del hambre. San Roque es en la Castilla entera y románica el abogado defensor frente a la peste, pero la más benigna, la de la pulga viajera a lomos de una rata, como el detective Basil de Disney que viaja en un pato. La otra peste, la del XXI, no hay dios que la apadrine. Tras el petardazo que encenderá el alcalde mayor de Castilla se volcará en la plaza la cornucopia por su boca ancha y con el periódico viejo que narra las miserias de los subsaharianos en la patera ceutí se envolverán bocadillos de jamón para tirarlos en las cunetas o a los banderilleros de la vuelta al ruedo que giran tras un torerillo con talle de bailarina, reina por un día, que sueña con tener un cortijo donde esconder a su madre cuando emparente de bragueta con la actriz que le sorberá el tuétano corriente. Vengan verbenas de a tres por noche y meadas por las esquinas de los palacios, que todos hemos sido jóvenes, mientras creemos estar escribiendo el Decamerón, aunque no llegamos ni al Lib pajillero de los cuarteles de la Transición. El sur de Europa arde en la periferia en un fuego que atizado por algún hijoputa es el único que se entiende según las leyes de la Física, pero hay otro en el que Pedro Botero no llega ni a la Barbie más rosa. Dejémonos arrastrar por el calendario, sin pensar que cada casilla cruzada por un aspa es un matojo de neuronas que nos arrancan, sin repuesto, sin remedio, y que la cosa es tan efímera que en tres días no reconoceremos al del espejo y en la butaca de la residencia, en cuatro, no sabremos si alguna vez llegamos a existir o fuimos tan efímeros como un máster juancarlero. De momento, giremos el carrusel y desparramemos ollas por los aliviaderos de la España cañí, sin precio ni límite. ¡Fiesta! 


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