01/07/2018 / 10:17
Marta Velasco


Imagenes

Júbilo en la Catedral

Durante estos siglos de construcción, el mundo cambió. Generación tras generación, la obra era lo único que perduraba, lo que unía al pueblo seguntino. 


Desde hace unos días Madrid es un horno. Deseábamos el sol, pero cada año la primavera se hace esperar y, cuando llega, el calor es ya irremediable. Mientras Manuela Carmena sueña con una playa en la Plaza de Colón, yo sueño con el frío de la Catedral de Sigüenza, porque he recibido un video panorámico en el que se muestra la Declaración del Año Jubilar por el 850 aniversario, bajo el lema “Domus Dei, porta coeli”, Casa de Dios, puerta del cielo.

Soy una asidua visitante de la Catedral, siento su atracción cuando paso y, cuando entro en sus majestuosas naves, en sus recoletas y silenciosas capillas, vuelve mi fe, vuelve mi infancia y vuelve mi familia. Vuelven amigos de siempre que ya nunca veré. Y vuelve mi verano seguntino, las misas del domingo musitadas en latín, el olor del frío y del tiempo y los días que ayudaba a mi tía María a llenar los jarrones de flores y cambiar las sabanillas de algún altar. En mi adolescencia conocí muy bien la catedral, el misterio de puertas que conducían a lugares secretos, el placer de subir al campanario, una escalera inacabable que me llevó a las alturas de la imagen de San Pedro y, en un rincón del claustro, una biblioteca que me hizo muy feliz

Me hubiera encantado asistir a la inauguración del Año Jubilar, pero no fue posible, y me cuentan que fue una ceremonia impresionante, que el Sr. Obispo tiró la casa por la ventana, que había una multitud de sacerdotes y un ritual excepcional, y este sábado paseé por el templo, más antiguo aún que la catedral de Burgos, que prepara también su jubileo, y medité sobre la importancia de las Catedrales y el orgullo que sentimos por tener la nuestra. 

  La de Sigüenza lleva ahí ocho siglos y medio, casi la mitad del tiempo de la Cristiandad, es decir, de la historia del mundo occidental. Durante su construcción, Sigüenza fue un hervidero de canteros, tallistas, arquitectos, cinceladores y plateros… Desde la lejanía se podía oír el ruido atronador de los canteros y distinguir los diferentes timbres: piedra, forja, madera, escultura o el alegre de la plata y el cincel, en un incesante concierto. Al llegar la noche se hacía un imponente silencio y sólo entonces rompían a cantar los ruiseñores. 

Durante estos siglos de construcción, el mundo cambió. Generación tras generación, la obra era lo único que perduraba, lo que unía al pueblo seguntino. Mientras los Obispos hacían la guerra, nació Sigüenza, apiñada alrededor, acogidos todos bajo la protección de la Fortis. Y cuando se terminó, allí quedaron enterrados muchos de sus constructores, los nobles, los obispos y el joven Martín Vázquez de Arce, llamado El Doncel, que continúa leyendo sin atender a la muerte. 

Somos una chispa en la eternidad, una pizca de polvo en el Universo. Todo cambia: el poder, las leyes, los países, la moral y las creencias. Pero nuestra Catedral lleva ocho siglos y medio erguida y, si alguna vez cayera, los seguntinos la volveríamos a levantar porque, si hay una puerta del cielo, seguro que está escondida en la Catedral de Sigüenza.


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