13/07/2018 / 14:50
José Serrano Belinchón


Imagenes

La sombra del tambor del Bruch

Cierto número de catalanes no quieren ser parte de España.


     La historia debe ser harto conocida por miles de catalanes  y por muchos del resto de los españoles que han pasado alguna vez por los altos de Montserrat, donde hay un monumento junto a la carretera (supongo que lo seguirán conservando) como memorial de la victoria sobre los ejércitos de Napoleón, allá por el verano de 1808. Donde un joven pastor catalán, Isidre Lluça y Casanoves, hizo sonar con todo ímpetu su tambor de la cofradía, al advertir en plena sierra la cercanía de las tropas francés que se aproximaban imparables asolándolo todo. Las impresionantes peñas en aguja de Monserrat se encargarían de multiplicar por cien o por mil los ecos del redoble. Los franceses, confundidos, huyen. La batalla, que no se llegó a dar, se tradujo en un “sonado” triunfo española fuera de todo pronóstico.

Han pasado más de dos siglos desde aquel hecho heroico, algunos catalanes, con otros que no lo son, pero que tienen poder sobre la voluntad del pueblo, se obstinan en borrar de la sociedad catalana el espíritu del héroe del Bruch, aquel joven sin prejuicios, que, jugándose la vida en defensa de su patria, y poniendo en manos de la Mureneta los resultados de su aventura, puso pies en polvorosa a todo un ejército, que aprovechando la manifiesta debilidad de su Rey, intentó adueñarse de España.

Es el contraste con lo que hoy ocurre. Cierto número de catalanes no quieren ser parte de España, ni aceptan todo lo que pueda significar, ni aun remotamente, considerarse españoles. Así al menos, como en nombre de su comunidad, lo expresan sus dirigentes. Al pueblo llano, mayoría al fin, no le queda otro remedio que soportarlo y sufrir las consecuencias, las presentes y las futuras, hasta que un día, Dios no lo quiera, sean capaces de salir de su error. Confiemos que no sea demasiado tarde.

Negarse a aceptar el idioma de todos los españoles y de casi quinientos millones de hispanohablantes más en todo el mundo; negarse a admitir la más universal de nuestras costumbres festivas, digamos que por decreto, y tantas cosas más como bien sabemos, dan por resultado que Cataluña sea algo distinto de lo que antes fue: la región señera, emprendedora, admirable. Más de la mitad de sus jóvenes no estudian ni tienen trabajo. Digamos si a dos siglos de distancia del hecho descrito, valió la pena que el humilde pastor se jugase la vida en defensa de su patria, de nuestra patria, mal que nos pese.


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