20/05/2018 / 12:37
José Serrano Belinchón


Imagenes

Leyenda del Cristo de la Miel

Este famoso cuadro es propiedad de un conocido industrial alcarreño.


En el cementerio sevillano de San Fernando hay un Cristo en tamaño natural al que  conocen como “El Cristo de la Miel”. Es obra del escultor romántico Antonio Susillo y está esculpido en bronce. De él se cuenta una leyenda que es parte de la literatura popular de la ciudad del Betis, siempre afín con la poesía del siglo XIX. El nombre le viene dado porque, en algún tiempo, la gente descubrió sorprendida cómo de los ojos del Cristo salían unas lágrimas brillantes en las tardes de calor, que resultaron ser de miel. Un milagro, se pensó. Muy pronto descubrieron que un enjambre de abejas había encontrado acomodo dentro de la imagen, por lo que en las tardes de verano el rico producto, licuado por el calor, buscaba salida por los ojos y por la boca de la estatua. Ese fue el hecho, y esa la razón por la que el famoso Cristo sevillano recibió ese nombre.
    La leyenda del Cristo de la Miel ha dado origen a otros tratamientos en el mundo del arte, también en la pintura, de la que el campo alcarreño ha servido de fondo para una de las representaciones sobre este mismo tema, convirtiendo el lienzo en pieza de exquisito valor. Me refiero al conocido “Cristo de la Miel”, del recientemente fallecido pintor Rafael Pedrós, de tan feliz memoria.
   Este famoso cuadro es propiedad particular de un conocido industrial alcarreño, que lo guarda como un tesoro, pues en realidad lo es. Para mí es fácil describirlo, pues lo tengo en una fotografía que hace tiempo le saqué, sobre la mesa de mi escritorio. Como fondo una reproducción idealizada de lo más característico del paisaje de esta provincia. La imagen, magnífica, del Cristo muerto, llenando la parte superior del cuadro, y al pie varios personajes famosos de la Historia y de la Literatura guadalajareñas, acompañando a la figura dolorosa de la Virgen. Entre los personajes que aparecen al pie de la cruz, figuran el Marqués de Santillana, el Cardenal Mendoza, y la reina María de Molina que recoge, en un recipiente de barro, la sangre que sale del costado de cristo convertida en miel.
      Nunca he puesto en duda que se trata de la mejor obra del pintor madrileño, el amigo de todos, gran amante de esta tierra, quien durante largas temporadas tuvo el gusto de compartir junto a nosotros los primores de la Alcarria en su casa de Yélamos de Abajo, ribera del San Andrés.


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