15/06/2018 / 16:39
Emilio Fernández Galiano


Imagenes

Magdalena Valerio, el alfil negro

Se mueve en diagonal, esquivando enfrentamientos tozudos y, si el camino es diáfano, puede recorrerlo hasta el final.


La conocí hace ya bastantes años en la Alameda de Sigüenza –qué tendrá nuestra Alameda que cobija tanto consejos de ministros como encuentros propicios-. Me la presentó el presidente y editor de este periódico, Miguel Bernal. Además de ser mujer con un muy agraciado físico y unos ojos cautivadores –su gran amigo, el periodista Lorenzo Díaz, lo califica de “belleza clásica”-, lo que me sedujo realmente fue su condición de política honesta y con ilusión. Claro, esa condición no debería sorprendernos porque el honor siempre se presume hasta que no se demuestre lo contrario. Pero corren tiempos convulsos y la mancha de la corrupción solivianta a un electorado que, en ocasiones, reacciona injustamente por generalizar. No toda la clase política claudica ante la codicia, y Magdalena es perfecta muestra.
    Ideológicamente nos separan algunas cosas, pero en las muchas charlas que hemos mantenido, siempre he observado en ella coherencia, virtud también poco frecuente en nuestros servidores públicos. Lleva a gala provenir de una familia humilde, pero no te lo restriega en la cara, como aquellos que por haber nacido en uno u otro lado del mapa se empeñan en convertirlo en mérito o justificación en lugar de entenderlo como  pura chamba, mera casualidad, como si la casilla que ocupamos fuera predestinada. La pieza que desempeñemos sí dependerá de nosotros y a Valerio me la imagino de alfil negro. Siempre me gustó el movimiento de esa figura del ajedrez. Se mueve en diagonal, esquivando enfrentamientos tozudos y, si el camino es diáfano, puede recorrerlo hasta el final.
    Por sus orígenes, podría haberse entregado a un sectarismo facilón e incluso comprensible, pero la flamante ministra siempre luce solidaridad y tolerancia. Porque Magdalena siempre busca la igualdad, la de oportunidades pero también la igualdad frente a los méritos. Ella es el mejor ejemplo de su causa. No en vano estudió su carrera de Derecho gracias a las becas que con su esfuerzo se iba ganando. Así como sus oposiciones y  su dedicación en la administración pública,  por su constancia en su trayectoria política, jalonada de éxitos aún con alguna contrariedad que asimiló con mucha dignidad. Su nombramiento como ministra es el premio al esfuerzo, nadie le ha regalado nada.
    Ni siquiera el ministerio de Trabajo y Seguridad Social, pues si alguien sabe de lo primero y es sensible a lo segundo, Magdalena Valerio reúne experiencia y sensibilidad para dominar y entender sendas competencias.
    En su vertiente más personal es otra luchadora, condición consustancial, como ven, en ella. Recientemente tuvo que enfrentarse al cangrejo. Lo batió, aún a costa de que se le rizara el pelo y comenzara a lucir un nuevo look. Pero mantiene intacta la misma sonrisa y la misma mirada. Y la misma ilusión por la vida y por hacerla más justa a los demás.
    Me congratulo de tener una amiga ministra y haberla conocido en la Alameda de Sigüenza. Qué paradoja, Romanones estaría encantado.


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