23/06/2018 / 17:30
Antonio Yagüe


Imagenes

Motes en declive

Rara era la persona, sobre todo en los pueblos, que hasta hace poco no tenía algún mote.


En días de tanto fútbol, las televisiones de todo el mundo no paran de bombardearnos con alineaciones hasta en árabe y cirílico. Que se note que Rusia es la anfitriona y el poderío de los amos del petróleo. También chirrían, sobre todo en las narraciones de las cadenas hispanoamericanas, los variopintos motes, apodos o alias de algunos futbolistas,  lejos del paulatino destierro en nuestra España políticamente correcta.
    Rara era la persona, sobre todo en los pueblos, que hasta hace poco no tenía algún mote. O dos, muchas veces heredados, uno en el suyo y otro en el de al lado. Algunos los llevaban con filosofía y otros peor que un toro unas banderillas de castigo. Pero forman parte de una cultura y una forma de vida, como las palabras que nombraban oficios, parajes, actividades, enseres y objetos en desuso o perdidos ya para siempre.
    Los había cariñosos, pero también despectivos, malsonantes, ordinarios  e hirientes. Porque resaltaban defectos, hechos jocosos o habilidades raras, y apelaban a la peor fauna. Sin gracia alguna para el apodado. Miguel Delibes sostenía que eran “la seña de identidad de nuestros pueblos” y gustaba de usarlos directamente o para acompañar personajes tomados del santoral, como se hacía antaño (Ignacio el..., Zacarías el…) “Detrás solía existir una historia o una leyenda. Había gente con una habilidad especial para ponerlos. Era todo un arte”, sostuvo el escritor en una entrevista.
    Mis primos de las mudanzas cuentan que en los sesenta-setenta, cuando se dedicaban al reparto del butano por pueblos de La Mancha, era en ocasiones un problema localizar a los clientes preguntando por el nombre porque muchos eran más conocidos por el mote ¿Solución? Los fueron añadiendo en la lista. “¡Pero ojo!,  preguntad primero por nombre y apellidos, no vaya a tratarse del propio cliente, se ofenda y la liemos”, les advirtió Mariano, el jefe.
    No hace mucho escuché esta conversación en la recepción del hospital de Calatayud:
-Vengo a ver al Raspas ¿En qué habitación para?
-Aquí no trabajamos apodos. Dígame nombre y apellidos
-Antonio... No sé más. ¡Pero si lo conoce todo el mundo y, además, no le sabe mal!
-No insista. Hay cinco antonios. Vuelva cuando sepa al menos un apellido.
    Parece que se van perdiendo. “Todo, todo cambia”, como cantaba Mercedes Sosa.


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