10/03/2018 / 17:12
Javier Sanz


Imagenes

Mujer trabajadora

Que haya un día de reivindicación con la que sigue cayendo en este siglo corrido, no es cosa de echarse las manos a la cabeza.


Salvo excepciones, pocas, por enfermedad o ancianidad generalmente, alguna vez, también por desidia, “mujer trabajadora” es un pleonasmo, de ahí que convenga corregir el término pues se encuentra contaminado por la polución social más abundante a la vez que resistente a la fumigación: la politización. Hasta los arriolas han visto cacho en el asunto y recetan no quedarse fuera en convocatorias de este tipo, como la del jueves, la huelga “por la igualdad de género” bajo el lema “Si nosotras paramos, se para el mundo”, que no deja de ser una evidencia pues, sobre todo en el cómodo occidente, el mundo se quedaría tieso, como a golpe de mando televisivo en el botón “pause”. La mujer es antropológicamente trabajadora desde el punto y hora en que pare, y desde ese momento no descuida a su prole, con la implicación que el asunto conlleva, otra cosa es que a la crianza no se la llame, intencionadamente, trabajo, que lo es con todas sus servidumbres, porque no interesa. Cualquier empresario de los que se aprovechan desnivelando el marcador a favor del varón está cometiendo además de una injusticia una torpeza, pues no ha entendido la disposición biológica del ser humano y el necesario equilibrio que reporta la condición femenina. O sea, en pura taxonomía, iría a parar a dos cajones posibles: el de “cebollo” o el de “jeta”, lo primero va implícito en lo dicho, lo segundo en la ventaja que toma desde su posición de poder en detrimento de quien aporta notoria calidad.
    Basta que cada cual rebobine su moviola para darse cuenta de lo vivido, desde su primer recuerdo. La mujer saca adelante casa y familia, que viene a ser lo mismo, y solamente si se la lleva al límite, y a veces tampoco, se oirá una queja, entre otras cosas porque mide el tiempo con segundero suizo y no hay raya para el lamento. En Oriente y en África, la mujer pare en cuclillas, tira de chaira para cortar el cordón umbilical, avía al hijo, lo embala en una cestilla que cuelga de sus hombros y sigue en el tajo, aunque hasta tobillos les chorreen goterones de sangre. En Occidente, donde la Virgen se habría puesto de huelga según Osoro, más de lo mismo pero con otras conquistas, lentas, como un permiso o baja a la cual le va costando mucho apuntarse al varón, por la única razón de que la casa es dura y si la contempla no ve otra cosa que un mareante paisaje de Dalí y cae redondo.
    Que haya un día de reivindicación, con la que sigue cayendo en este siglo bien corrido, no es cosa de echarse las manos a la cabeza, como todavía, máxime cuando te descuentan la peonada. Otra cosa son los cueles que se intentaron meter en la larga morcilla roja que recorrieron calles principales. Lo triste es que haya que meter en la mollera de más de dos que el trabajo, todavía, no es tan sagrado como con justicia proclama Francisco, al menos para las mujeres. Pero por corrupción del, varonil, sistema.


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