03/06/2018 / 11:05
José Serrano Belinchón


Imagenes

Orugas dañinas

La fumigación con productos químicos al efecto desde avionetas, tomando las debidas precauciones, parece ser lo más aconsejable.


En la primavera del año 2011 publiqué en este mismo periódico con el título de “S.O.S. por los pinares de la Sierra”, un artículo impactante, alarmante más bien, acerca de los estragos que la plaga de orugas estaba llevando a término en varias hectáreas de pinar por nuestra Sierra Norte. Era una voz de alarma, de advertencia a quienes por entonces tenían el deber y contaban con los medios necesarios para evitarlo. Me refiero, por supuesto, a quienes por su cargo en la Administración al nivel que corresponda, queda bajo su responsabilidad la obligación primordial de cuidar de los bosques. Aquello no sirvió de nada, y el tiempo oportuno para poner remedio se les fue de las manos. Los jóvenes árboles han muerto.
                Hacía cuatro o cinco meses que no pasaba por allí, por la carretera pinariega que sube desde Veguillas a Galve de Sorbe. En dos o tres kilómetros de recorrido, el prometedor panorama de años atrás, jovenzal, de cientos de ejemplares de repoblación, ofrecen a la vista de quienes pasan por allí, un espectáculo sencillamente desolador; consecuencia lógica de la plaga de orugas a la que se le ha permitido obrar a sus anchas. Una plaga de las más veladas que existen contra la salud humana. El cuerpo de la oruga está recubierto de una especie de pequeños pelos urticantes, que sin que se produzca siquiera el contacto directo con la piel de las personas, puede producir inflamaciones en la piel, en los ojos, en los labios, incluso situarse en los bronquios, con el consiguiente peligro. El viento suele actuar de transmisor de los tricomas dañinos que se desprenden de estos insectos que, definitivamente, han tomado por suyas algunas partes de pinar en nuestros bosques.
    Un procedimiento tradicional de lucha contra esta plaga fue el desprender con cuidado los bolones de las ramas en donde anidan y quemarlos después. Sistema inviable hoy ante la magnitud que ha tomado la epidemia; pues son cientos, miles quizá, las bolsas que se han podido contar en cada hectárea de bosque. La fumigación con productos químicos al efecto desde avionetas, tomando las debidas precauciones, parece ser lo más aconsejable. ¿Cómo no se ha hecho lo posible por evitarlo? ¿Por qué se sigue sin hacer? ¿Por qué no protestan con la energía que el caso requiere los aguerridos defensores de la Naturaleza que andan por ahí? Acabarán desapareciendo las grandes superficies de repoblación en nuestros bosques, si los que tienen la obligación de evitarlo, desde los despachos, continúan mirando a la luna.
 


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