04/08/2018 / 12:05
Javier Sanz


Imagenes

Palu, el dragón de El Atance

El pantano de El Atance podría haber sido un lugar de peregrinación, ahora que el hombre anda perdido y busca señales que le lleven a los pies de un santo.


Confirmado y en la prestigiosa “Biology leters”: un bicho grande, de la familia de los dinosaurios y bautizado canónicamente como “Paludidraco multidentatus” bañaba sus tres o cuatro metros de largura en las profundidades del entonces llamado Mar de Tethys, en lo que hoy es el pantano de El Atance hace 230 millones de años, en el Triásico superior. Armado el puzle, se puede contemplar ahora el chasis en Cuenca, Museo de Paleontología de Castilla-La Mancha. Prepárense autocares en el momento en que se inicie el curso, allá por septiembre, y desfilen alumnos capitaneados por los profesores de “Cono” para cumplimentar al paisano, al que exponen de perfil –para perfil el de Nefertiti- para tener cabal idea de lo que fue esa gloria de las profundidades marinas de tierradentro. A “Palu” no le hace falta radiografía porque se le cuentan huesos y costillas como a toda modelo que anunciaba trajes de baño en la pasarela Cibeles hace quince años. Y una vez adorada la reliquia, ¿qué?

España es un país de acelerados, y esta aceleración no es ventaja sino rémora. Tenemos prisa por todo y así nos va. “Palu” estaba en las profundidades marinas donde todavía llega la sombra del báculo episcopal, bien que sumergido en las aguas de un pueblo cuyos dos últimos vecinos tardaron en ahuecar. En las tierras altas de Escocia se lo montan mejor: en el lago Ness existe y no existe un monstruo al que un turisteo importante va por si ese día asoma el colodrillo. El monstruo ha dado para libros, películas, llaveros, bufandas, cervezas y todo eso que llaman merchandising, tan importante para que la región sobreviva. No tienen prisa, si tiene que salir la criatura, ya saldrá; si es legendaria, que más da alargar la leyenda otros tantos siglos. Pues no, aquí nos ha faltado tiempo para ponerlo mirando a Cuenca, recomponerlo, atornillarlo, bautizarlo y exhibirlo. Y, como el pescador, a echar el arpón por si pica otro y lo ponemos al lado. El pantano de El Atance podría haber sido un lugar de peregrinación, ahora que el hombre anda perdido y busca señales que le lleven a los pies de un santo, de un grial, de una reliquia o de un Cristo como el de Borja, pura blasfemia artística. Pero los arqueólogos, como el niño cabroncete, nos han desvelado el final de la película sin que hubiera terminado el NO-DO. “Palu” se ha quedado en Cuenca, como los caballos blancos a la luz de la luna cruzando un río que se cuelgan en la sala de las casas de los pueblos. Saquemos, pues, un boleto a Escocia, nos espera su primo Ness, el más listo de la clase.   


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