18/05/2018 / 18:57
Emilio Fernández Galiano


Imagenes

San Isidro

Y que esta España nuestra a la que cantaba Cecilia anudando nuestro orgullo y nuestras miserias, es la que es.


Estos días voy de Virgen (de la Salud de Barbatona) a Santo, el de los agricultores. Y quedo en Madrid con el más grande para tomar unos vinos en La Tienta, clásico donde los haya en el barrio más taurino, ahora relanzado por mi buen amigo Ángel Martín, docto en salud y en autoestima gracias a su sabiduría desde la Clínica Menorca. Y entre Virgen y Santo me encalomo en la Monumental, allí donde se cruzan los caminos. Ciencia, arte, oficio, tradición y cultura. De lejos, desde la zona del Priorato, me llegan distorsionadas melodías desafinadas, tocadas con instrumentos no cuidados, oxidados, atávicos. Y entre Rioja, Ribera y pasodoble, concluyo. Apenado, pero concluyo.
    Por estos lares veo chulapas y claveles, cortesía y buen humor, diafanía y buen trato al que viene a visitarnos. Aquí no se queman fotos ni se silban compases que pueden inspirar bastante. Aquí, entre paseo y barquillo, se le da a la caña, al vino y al rabo de toro. El de Casa Toribio le encanta a mi familia argentina, los Tonelli, pero si probaran el de Jesús Velasco en Amparito Roca se lo pensarían. O cualquier manjar del restaurante Rafa, tan implicado en la fiesta de los madrileños.
    Parezco Roberto Gómez elogiando los distintos templos gastronómicos que gozamos en la capital. Pero doy fe que la oferta es deliciosa, y nunca mejor dicho. No sólo por lo que  podemos disfrutar en los platos, sino en la calle, en el Retiro, en la Pradera, en la calle de Alcalá. En la tolerancia y en la cortesía, en nuestras costumbres vestidas de gala.
    En ese distorsionado pentagrama que viene desde el “parlament”, que más que un pentagrama parece un electrocardiograma, las notas de su nuevo director de orquesta no son blancas ni negras, ni corcheas ni semicorcheas, son dardos xenófobos lanzados desde una cuerda que nunca perteneció  a Pau Casals, pero que recibimos con dolor, con pena y, con todo, sin resignación. Qué barbaridad, cómo un pretendido honorable torrado de rencor e ignorancia,  puede hablar de sus hermanos con tanto odio. Ese pobre hombre necesita del amor de San Isidro. Que ya lo tiene, pero ni se entera.
    Escucho El Gato Montés, en mi humilde opinión bastante más melódico y animado que cualquier sardana, esas que se parecen al Bolero de Ravel y que pasados dos minutos te empieza a doler la cabeza, y pienso cómo hemos llegado hasta aquí. Si ya hicimos la colección y vimos los mismos cromos. Es verdad que se repetían mucho los del catalán tacaño y el madrileño chulito, pero los que valían de verdad, con los que acababas la colección, eran los del “seny”  y  la receptividad, los que hacían de este país la gran colección. Al fin y al cabo, la herencia de Castilla y de Aragón, el Estado más antiguo de Europa.  Y que esta España nuestra a la que cantaba Cecilia anudando nuestro orgullo y nuestras miserias, es la que es. La de Velázquez, Goya, Sorolla o Miró. La de Cervantes, Quevedo, Lorca, Hernández o Pla. La de Alberti, Dalí o Picasso. La de Falla o Casals. La de Echegaray o Gaudí, la de Cajal, Ochoa o Fuster. La de Buñuel o la de Garci.  Esa herencia, el nuevo “honorable” la ha interpretado como  “Bestias con forma humana, sin embargo, que destilan odio. Un odio perturbado, nauseabundo, como de dentadura postiza con moho, contra todo lo que representa la lengua. Están aquí, entre nosotros. Les repugna cualquier expresión de catalanidad. Es una fobia enfermiza. Hay algo freudiano en estas bestias. O un pequeño bache en su cadena de ADN. ¡Pobres individuos!”.
    Un timbal me despierta de la pesadilla y vuelvo a la realidad mientras en Las Ventas escucho el Gato Montés en un ambiente festivo y tolerante. Y me imagino cómo San Isidro labraba las tierras de la prosperidad y la tolerancia. Como buen agricultor. ¡Un santo!
 


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