30/07/2018 / 13:25
Jesús de Andrés


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Seguidismo

Aquí el verdadero problema es el seguidismo, la disciplina que impide a nuestros representantes levantar la voz ante los suyos.


Un lugar común entre los comentaristas políticos locales es afirmar que la presencia de “paracaidistas” en las listas electorales es uno de nuestros grandes males. Desde el inicio de la Transición ha habido candidatos incapaces de encontrar la sede provincial del partido, cuneros que venían a conseguir su escaño y no volvían a pisar Guadalajara hasta las siguientes elecciones, que usaron el puesto como trampolín hacia otros más apetecibles, incluso aspirantes a diputado que yendo primeros en la lista creían que Atienza era un municipio del Corredor del Henares. Ejemplos sobran, y de todos los partidos. Esta cuestión, cuando así se plantea, despierta el desprecio por quienes, movidos por el interés personal, vienen a hurtar unos puestos que podrían ser ocupados por alguien verdaderamente interesado por los problemas del lugar donde reside.

Nada más lejos de la realidad. Guadalajara es una provincia sobrerrepresentada en las instituciones parlamentarias nacionales y es normal que sus múltiples puestos de representación sean atribuidos por los partidos a miembros de sus equipos que tienen imposible acomodo en las listas de otras circunscripciones infradotadas. En Guadalajara hay un diputado por cada 85.000 habitantes, mientras que en Madrid, ahí al lado, hacen falta 182.000, casi cien mil más. Poco importa que los parlamentarios sean de aquí o de allá cuando en realidad los puestos están sometidos a la disciplina de partido y es ante éste ante quien responden. Para evitarlo deberíamos tener un sistema de listas abiertas, de competición real entre candidatos y de mayor relación entre representantes y representados. Pero no es el caso.

Aquí el verdadero problema es el seguidismo, la disciplina que impide a nuestros representantes levantar la voz ante los suyos, hacer planteamientos a contracorriente o llamar la atención sobre cuestiones de interés local que pueden contradecir lo que se dicta desde el partido. Poco importa si nuestros representantes son de aquí si al final se pliegan a los requerimientos del gran líder o de la lideresa de turno. De hecho, se cambia de criterio, y se alza la voz, cuando son los otros quienes gobiernan. Ocurre con el trasvase, con el cementerio nuclear, con los trenes de cercanías y con cualquier otro asunto que nos concierna, como ocurre con los grandes temas de interés nacional. Incapaces de criticar al partido que les nombra, la opción es siempre la sumisión al propio y la reprobación del contrario, aunque implique una contradicción con lo dicho en otro momento. Los trasvases son un ataque contra nuestros recursos y nuestra supervivencia, antes y ahora, gobierne quien gobierne. Un cementerio nuclear se llevaría los residuos ahora albergados en nuestras centrales, lo cual es positivo. El servicio ferroviario de cercanías lleva años deteriorándose sin que nadie haga nada al respecto. Esas, y muchas otras, deberían ser las líneas a seguir si realmente se persiguiese el bien común y no sólo el mal del adversario político.


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