21/10/2016 / 19:08
Lucas Castillo/Presidente de NNGG


Un odio que debe desaparecer

Impresionante el pregón del día del DomComo un niño cuando ve algo que no le cuadra en su mente inocente, observo durante los últimos meses el surgimiento de un factor que como sociedad nos tendría que preocupar: El odio.
 


Impresionante el pregón del día del DomComo un niño cuando ve algo que no le cuadra en su mente inocente, observo durante los últimos meses el surgimiento de un factor que como sociedad nos tendría que preocupar: El odio.
    El odio visceral e irracional nos ha llevado a lo largo de nuestra Historia como especie, a capítulos que nos abochornan y que provocaron que nuestros antepasados sacaran lo más oscuro de su alma hasta convertirlos meramente en bestias controladas por los instintos en lugar de la razón.
    Comprobar cómo una sociedad como la española, que ha vivido episodios traumáticos y violentos (asesinatos de ETA, la Guerra Civil, atentados yihadistas…) de forma tan reciente, desarrolla una transformación negativa debería alarmarnos. Puedo mencionar la paliza de este pasado fin de semana a dos guardias civiles y a sus respectivas parejas a manos de un grupo de radicales en Alsasua (Navarra).
     Estamos siendo testigos de cómo paisanos, amigos o familiares se desprecian automáticamente por el tinte de su pensamiento y llegan a dedicarles menosprecios tan barrocos como sorprendentes sin darles ni si quiera, la opción de iniciar un debate educado. Esta situación me hace llegar a la conclusión de que debemos dedicar un tiempo para reflexionar sobre el futuro que queremos como sociedad porque de nada nos servirá continuar este camino si no logramos vislumbrar qué nos une como colectivo y  en qué objetivos estamos de acuerdo en conseguir como comunidad.
    Una sociedad es como una familia, los objetivos individuales de abuelos, padres e hijos son totalmente distintos, pero les unen unas metas colectivas que priorizan como familia y que les marcan el camino para conseguir sus retos personales.
    Si en una familia aparece el odio, las envidias y comparaciones detestables florecen, y provocan que la familia ralentice la consecución de las metas colectivas, incluso que no llegue a conseguirlas. Pero como consecuencia negativa a largo plazo, provoca que incluso los miembros de la familia fracasen en la obtención de sus objetivos individuales. Y tristemente, esa familia estará desunida y con el tiempo se romperá.
    Nuestro deber como sociedad va muy ligado a hacer ejercicios de comprensión hacia al prójimo y posterior dialogo sobre las coincidencias que tenemos para poder avanzar al futuro con una mirada optimista. Es nuestro deber, pero si queremos ser responsables con nuestro destino comunitario, tiene que ser una obligación.
    Así que ante el odio, la desunión y la intolerancia reinante propongo comprensión, debate, valores comunes y diálogo.
 


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