24/06/2018 / 13:56
Eduardo Díaz


Imagenes

Un vagabundo que fue muy querido en Guadalajara: Juan Bautista Romero, 'El hijo de la Pepa'

Se le fue conociendo igualmente por sus cantos musicales mientras andaba por las calles.


En el rincón de esta semana vamos a recordar a una persona que fue muy querida y que por razones laborales y sociales tuvo que vivir la mayor parte de su vida en la calle y sin un techo en donde dormir. El recuerdo entrañable hacia Juan Romero es un sincero homenaje hacia aquellas personas a las que, por diversos motivos, la vida no les ha tratado bien y tienen la desgracia de mendigar para poder llevarse algo a la boca y dormir lejos de un hogar.
    El bueno de Juanito Romero nació en una humilde familia del municipio de Jadraque y cuando tenía treinta años se trasladaron todos juntos a Guadalajara en busca de una vida mejor. Su primera vivienda en la capital arriacense  fue en una cueva en el camino de Tórtola, justo en donde hoy en día se encuentra la urbanización de Las Lomas. Sus comienzos laborables fueron esperanzadores, ya que comenzó a trabajar descargando camiones de materiales de construcción, pero una hernia discal le impidió seguir trabajando y no le quedó ningún tipo de subsidio. A esta fatalidad se unió el fallecimiento de su padre Basilio, lo cual le provocó una fuerte depresión e igualmente decidió abandonar el domicilio familiar. Su madre, llamada de forma cariñosa, ‘La Pepa’, intentó convencer a su hijo de que volviese al hogar, pero todo resultó inútil.


    Fueron momentos muy duros para Juanito, que le llevaron a solicitar limosna y ropa en la céntrica parroquia de San Nicolás. Poco a poco y debido a su sencillez, humildad y simpatía se fue ganando el cariño de los sacerdotes del templo como asímismo, el de muchos vecinos que ayudaban a Juanito a tener una vida más digna.
    Se le fue conociendo igualmente por sus cantos musicales mientras andaba por las calles. Su canción preferida era la del cantante Basilio: ‘Cisne Cuello Blanco, Cisne Cuello Negro’, sacando la sonrisa sincera y sana de muchos ciudadanos que se cruzaban con él. Debido a su debilidad psicológica recibía insultos, humillaciones e incluso a veces era brutalmente agredido por personas que no tenían ninguna piedad hacia su persona. Conocedores de esta situación, los servicios sociales de Guadalajara le ofrecieron una vivienda para tener una mejor vida, pero su respuesta era siempre la misma: “La calle siempre será mi hogar”.
    Sus momentos más dulces se producían en las Ferias y Fiestas de Septiembre en honor a la Virgen de la Antigua, ya que muchos peñistas, conocedores de la situación de Juanito, le proporcionaban bocadillos, bebidas y donativos para que se integrase en el ambiente festivo.
    Su trágico final en la vida se produjo en una mañana muy fría del mes de noviembre de 2009. Justo cuando se aproximaba a la Plaza del Jardinillo, para ir como todos los días a la parroquia de San Nicolás, sufrió un mareo que le hizo caer al suelo, con la fatalidad que se golpeó contra la acera, falleciendo de manera instantánea a los 58 años de edad.
    Entre la ciudadanía de Guadalajara  siempre quedará el recuerdo hacia una persona sencilla, humilde e incapaz de hacer daño a nadie.
 


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