El Templo de los huesos: Poesía más bien raruna... con zombis
Alex Garland no es un tipo normal. A ver, que Danny Boyle tampoco, pero creo que Garlan es más... autor todavía. El guionista de la saga 28 (lo que sea) después tiene una carrera interesantísima como director y, principalmente, como guionista. No es que todo le salga bien, pero siempre resulta interesante.
De ahí, que su retorno a esta saga, que en su momento regeneró el cine zombis, aunque llamándolos infectados, resultara tan estimulante. ¿Qué pretendía hacer? Pues probablemente lo que se hace siempre en este género, poner la lupa en cómo reaccionan los seres humanos cuando se enfrentan a situaciones extremas... pero extremas, extremas.
Poco sé, hasta que las veo, de las tres películas que componen esta saga de 28 años después. La primera contaba el primer acto más estimulante del cine reciente para, acto seguido, hacer una cabriola imposible y convertirse en un drama. Y ahora, nos llega la continuación de aquella, mucho más equilibrada en su tono, angustioso y cercano al horror aunque con pinceladas cómicas. Y sin embargo igualmente intimista.
Tras los sucesos de la anterior entrega, nuestro joven protagonista termina uniéndose a los Jimmys, un conjunto de pirados satánicos que hacen de la tortura un arte. Mientras, en paralelo, el doctor interpretado por Ralph Fiennes establece una extraña relación con un enorme infectado de los denominados Alpha... y los dos empiezan a ´colocarse´ juntos.
El Templo de los huesos es dura, muy dura. Nia DaCosta dirige la película con crudeza y con las concesiones justas. No busca ahogar al espectador en vísceras, pero tampoco teme angustiarle. Su dirección, cruel por momentos, nos coloca emocionalmente justo donde necesitamos estar para aceptar el juego que nos propone, para comprender lo liberador que puede ser también encontrar alguien con quien olvidar el dolor. Poética, de alguna enfermiza manera, esta nueva entrega solo me ha provocado aún más ganas de saber cómo terminará todo esto.
Espectacular Ralph Fiennes, magnética Erin Kellyman, imponente Chi Lewis-Parry y odioso Jack O´Connell. La película es justo lo que quiere ser, un puñetazo en las tripas adecerado con cierta esperanza. El joven Alfie Williams solo tiene que transitar por él, sin esforzarse ahora demasiado, para que nos sintamos plenamente identificado con su miedo.