09/08/2016 / 20:21
Javier Davara


Imagenes

García Lorca, Santo Floro y Carlos Morla, una tarde de verano en Sigüenza


 

Días apasionados, temblorosos, esperanzados y azules del primer verano republicano. Corren las últimas semanas del mes de julio de 1931. El nuevo ayuntamiento de Sigüenza, presidido por el alcalde José Moreno Morterero, se afana en cerrar el programa de las cercanas fiestas patronales en honor de San Roque. Según cuentan hablillas y rumores, pese a la ausencia de corridas de toros, diversos bailes y veladas, fuegos artificiales, verbenas nocturnas en kioscos y terrazas, difíciles cucañas y divertidos juegos populares, deleitarán las alegres jornadas. Una compañía de comedias, denominada Moreno Victoriano, ofrecerá tres actuaciones en el teatro municipal, dispuesto en los locales del Pósito. Los oficios religiosos de la Virgen de la Mayor se celebrarán en el interior de la catedral. Aromas de fiesta invaden, poco a poco, la antigua ciudad medieval. 
    Escritor, poeta, articulista y director cinematográfico. En una tibia y luminosa mañana estival, Agustín de Figueroa Alonso Martínez, luego tercer marqués de Santo Floro, de treinta años de edad, el menor de los siete hijos del conde de Romanones, descansa en su residencia seguntina del paseo de La Alameda. En compañía de su hermano Eduardo, conde de Yebes, y de Carmen Muñoz Roca-Tallada, condesa consorte y años más tarde destacada escritora, espera la visita de unos entrañables y leales amigos. Cerca del mediodía, los invitados, con gran alborozo, llegan a Sigüenza a bordo de un moderno automóvil. Se trata de ilustres y afamados personajes que comparten con los Figueroa los agitados cenáculos intelectuales de la sociedad madrileña: el genial poeta y dramaturgo Federico García Lorca, ya en la cumbre de su popularidad; la condesa de Floridablanca y el capitán Francisco Iglesias Brage, flamante héroe de la aviación española. Dos años antes, Iglesias había cruzado el Atlántico, en compañía del también capitán Ignacio Jiménez, pilotando un avión bimotor, desde Sevilla hasta la ciudad brasileña de Bahía, tras más de cuarenta horas de vuelo ininterrumpido. 
    Completan la fraternal camarilla el consejero de la embajada de Chile, Carlos Morla Lynch, hombre distinguido y sentimental, íntimo amigo y cómplice de García Lorca, y su elegante y refinada mujer, Bebé de Vicuña. Los salones de su mansión, en la calle Hermanos Bécquer de Madrid, son cumplidos testigos de una cosmopolita, erudita y nutrida tertulia literaria. A ella acuden, casi a diario, además de Lorca, Iglesias y los hermanos Figueroa, filósofos y artistas, escritores y políticos, poetas y toreros. 

El conde deYebes, Bebé Morla, el capitán Iglesias, García Lorca, el marqués de Santo Floro, las condesas de Yebes y Floridablanca y Carlos Morla.

    Después de un suculento, largo y animado almuerzo, según refieren las crónicas periodísticas, Agustín de Figueroa invita a sus contertulios a vagar por las calles de Sigüenza. Una grata andadura iniciada en La Alameda, delicioso conjunto neoclásico, colmado de romanticismo, que asemeja el “jardín de un balneario”, en el acertado decir de Miguel de Unamuno. Cautivados por la bella sinfonía ocre y rosa que envuelve la ciudad, en tarde ventosa y soleada, remontan la costanera calle de Medina. Ya en la catedral, los paseantes admiran la austera fachada principal del templo, hermosamente flanqueada por dos recias torres de guerrero aspecto. Una soberbia portada, “altiva, sobria y hermética”, a juicio de Figueroa, que guarda un prodigioso interior de bóvedas góticas, adornos mudéjares y primores platerescos. Los retablos de santa Librada y de Fadrique de Portugal, la sacristía de las Cabezas, filigrana en piedra imaginada por Alonso de Covarrubias, y la incomparable escultura funeraria de El Doncel de Sigüenza, llaman poderosamente la atención de los alegres camaradas. El generoso anfitrión explica a sus acompañantes los diversos significados que laten en la pétrea figura del legendario caballero muerto, a la edad de veinticinco años, durante las guerras de Granada: “el laurel simbólico, el pajecillo doliente, el prestigio heráldico de sus armas. Pero lo más importante de todo, el libro que el desafortunado joven sostiene en sus manos. Un libro, clave y eje, que determina la actitud y el estado de ánimo del joven. Para leer se acomodó El Doncel, apoyando un codo. Para leer, inclinó la vista, entornando sus párpados. De ahí el misterio y la nobleza de su rostro, la expresión del perfecto y sensible lector. Expresión entusiasmada, atenta, tan distinta a la de aquél que escucha. Expresión que requiere íntimo recogimiento. Y silencio…” Al salir del templo, con el deseo de perpetuar su presencia en Sigüenza, se fotografían bajo el templado del atardecer veraniego.  Es el 22 de julio de 1931. 

El Paseo de la Alameda seguntina fue testigo de la reunión de estos grandes amigos hace ochenta años.

    Cinco años más tarde todo cambia. El odio fratricida, cual jinete justiciero, desgarra a los españoles en dos bandos irreconciliables. No hay lugar para los moderados. La guerra civil estalla con ferocidad y dramatismo. Las vidas de los antes satisfechos colegas toman rumbos distintos. Carlos Morla, compasivo y valiente, brinda refugio, en las dependencias de la embajada de Chile, a quien lo solicita. Al comienzo de la contienda a los perseguidos por las milicias populares; al final, a los acosados por los dirigentes nacionales. Según dicen, más de cuatro mil personas le deben la vida. 
    Federico García Lorca, pese a los consejos recibidos de no abandonar Madrid, se refugia en su Granada natal. Su trágico fusilamiento por grupos falangistas, durante el periodo más cruel y salvaje de la contienda, sacude la conciencia de todos. Carlos Morla sabe del horrible crimen en la plaza Mayor de Madrid, al ser voceada la noticia por los vendedores de periódicos. Queda desolado y aturdido. Su más querido amigo asesinado. “No lo creo, ni lo quiero creer, ni tampoco quiero detenerme a imaginarlo”, escribe en su diario. 
    El capitán Iglesias, al producirse el pronunciamiento militar se pone de lado de las tropas sublevadas, ocupándose de cuestiones logísticas y de transportes. Al acabar la guerra es nombrado secretario general técnico del ministerio del Aire, pero muy pronto se incorpora a la actividad civil en su calidad de ingeniero aeronáutico. Más tarde es uno de los principales responsables de los aeropuertos de La Coruña y Santiago de Compostela. 
    Agustín de Figueroa es apresado y llevado a la cárcel de san Antón, en la madrileña calle de Fuencarral, donde permanece casi cuatro meses. Tras laboriosas y decididas gestiones, Carlos Morla y su esposa consiguen su libertad gracias a los excelentes oficios de Melchor Rodríguez, director general de Prisiones del gobierno republicano. Queda albergado en la embajada de Chile. En marzo de 1937, nueve meses después del comienzo de la guerra, ayudado por un joven anarquista, viaja en automóvil hasta el puerto de Alicante. Provisto de los imprescindibles salvoconductos, embarca en un navío argentino con destino a Marsella. Su odisea había terminado. 
    Los hijos del conde de Romanones nunca olvidaron a su benefactor Carlos Morla, fallecido en Madrid en el año 1969. Un “hombre cargado de inteligencia, sensibilidad, gracia, ternura y tolerancia, en palabras de la famosa escritora Natalia Figueroa, hija mayor del marqués de Santo Floro y de su esposa, la seguntina Maruja Gamboa Lapaya. Agustín de Figueroa, conocido, como él mismo afirmaba con mucho ingenio, por “el hijo de Romanones, el padre de Natalia y el suegro de Raphaell”, fallece en Madrid en la primavera de 1988.
    Una hermosa y recordada historia, colmada de cariño y afecto, de unos buenos colegas que, hace ochenta y cinco años, se fotografiaron, confiados y felices, en el atrio de la catedral de Sigüenza. 

 

Javier Davara es Doctor en Periodismo y colaborador de Nueva Alcarria


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