19/09/2012 / 14:10
Redacción


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Mañana se cumple el séptimo aniversario del nacimiento de Antonio Fernández Molina, tras su muerte


De no haber fallecido en 2005, el poeta, narrador, ensayista, traductor, dramaturgo, crítico de arte y artista cumpliría mañana, 20 de septiembre 85 años.
Nacido en Alcázar de San Juan (Ciudad Real) en 1927 y fallecido en Zaragoza en 2005, Antonio Fernández Molina es una de las figuras capitales de la vanguardia española del siglo XX.  Según parece nace en una vivienda próxima a la vía del tren.. Posteriormente se traslada a Alicante, Valencia y, finalmente, a Alcoy, donde muere su padre cuando tiene siete años. La madre decide instalarse con sus hijos en Madrid, en un piso modesto en el barrio de las musas, entre la calle de Quevedo y la de Cervantes. En sus escritos autobiográficos asegura que no recuerda cómo aprendió a leer ni a escribir. Vive con pasión el mundo de la calle y del barrio. Ya entonces disfruta contemplando libros en los escaparates y en la cuesta Moyano.

Cuando en 1936 comienza la guerra civil Antonio se traslada a Casa de Uceda, donde vive con su abuelo paterno, mientras su madre y su hermana se establecen en la localidad cercana de Viñuelas. En el colegio del pueblo sólo la lectura le estimula. La profesora, atenta a tal circunstancia, suministra todos los libros que puede al rebelde alumno, con el fin de pacificar la clase. Por entonces el poeta encuentra una maleta de su padre con manuscritos y libros. Este hecho le suministra nuevo material, al tiempo que le descubre la faceta de escritor aficionado de su progenitor. En esos días también comienza a desenvolverse en las labores del campo. En varios de sus escritos recordará su habilidad para concentrarse en la lectura mientras se ocupaba del trillo.

En 1940 Fernández Molina comienza a estudiar el bachillerato en Guadalajara. Con algunos compañeros del instituto intenta crear una revista literaria manuscrita.

En 1947 efectúa la reválida en Madrid. Un año después su amigo José Fernández Arroyo le presenta a Ángel Crespo. Lo que le lleva a asistir, en 1948, a una exposición en la galería Bucholz, donde se pone en contacto con el movimiento postista.

En 1949 inicia estudios de Derecho y Veterinaria que no completa. En Madrid se hace socio del Ateneo. Allí coincide, entre otros, con Fernando Arrabal. En el verano de 1960 Arrabal viajará desde Nueva York hasta Alpedrete de la Sierra (Guadalajara), donde Molina ejerce de profesor. Dentro del movimiento Pánico, fundado en 1962 en París por Arrabal, Jodorowsky y Topor, participa con algunas colaboraciones. A finales de los 90, Arrabal se traslada a Zaragoza en varias ocasiones para verse con su amigo, al tiempo que ofrece conferencias y participa en otros eventos, como el estreno de su película Borges: una vida de poesía.

En 1950 Antonio comienza sus estudios de Magisterio y la mili. Al año siguiente, con el dinero que recibe de su abuelo para comprarse un traje, funda la revista y colección de libros Doña Endrina. Por sus páginas pasarán poetas como Gabino Alejandro Carriedo, Gabriel Celaya, Ángel Crespo, Miguel Labordeta, Eduardo Chicharro, Félix Casanova de Ayala, Mario Ángel Marrodán… En el terreno plástico participarán Gregorio Prieto, Francisco Nieva, María Luisa Madrilley, Laguardia… Doña Endrina, como las revistas Deucalión, El pájaro de paja o Trilce, favorecen, en el ambiente de la posguerra, la difusión de proyectos de poesía dirigidos por jóvenes inquietos. Al tiempo, en Guadalajara, el poeta impulsa la tertulia Pan y Vino, a la que asisten: Antonio Leyva, Suárez de Puga, José Luis Aguado, el futuro cineasta Miguel Picazo… En 1952 participa por primera vez en una exposición colectiva organizada por Juan Ramírez de Lucas en la Asociación de Prensa de Madrid.

Se abre camino en la poesía en 1953 con Biografe;a de Roberto G. y Una carta de barro.

Muere su madre en 1954 y asume la dirección de la familia, que incluye a cuatro niños en edad escolar, hijos del segundo matrimonio materno. En 1955 se casa con Josefa Echeverria, una muchacha de Casa de Uceda, el pueblo de su abuelo. Será su compañera y musa inseparable. Durante el viaje de novios pasan por Zaragoza. Miguel Labordeta y algunos amigos de la O.P.I. les ofrecen una merienda, de la que se conserva testimonio gráfico fechado en septiembre de 1955. Ese mismo año publica El cuello cercenado, que entusiasma a Vicente Aleixandre, Ramón Gómez de la Serna, Joaquín de Entrambasaguas y Pedro Caba entre otros, donde adopta una estética más rupturista, con los amarres que se quiera, pero también con una voz personal presente en todo lo que desde entonces salga de su mano: prosa, poema, dibujo, pintura, teatro…

Impresionado por la poesía de Miguel Labordeta incluye en el primer número de Doña Endrina la Balada del profesor Gorrión. En ese tiempo se afianza la relación epistolar entre ambos. Por fin un día decide tomar el tren en Guadalajara y trasladarse a Zaragoza para conocer a su amigo. Con el tiempo estas visitas las repite siempre que puede. Cuando en 1959 Miguel Labordeta funda la revista Despacho Literario, le nombra redactor jefe. En el número inaugural edita Molina su primera pieza teatral: Las alumnas, recibida en Abc con elogios de Pemán.

Camilo José Cela, que entonces vive en Mallorca, aprovecha sus viajes a Madrid para asistir a las sesiones de la Real Academia Española y, además, conversar con Fernández Molina. En uno de esos encuentros propone Molina al futuro premio Nóbel la posibilidad de realizar un número dedicado a Silverio Lanza en Papeles de son Armadans, revista creada por Cela en 1956. Tras arduas pesquisas Fernández Molina obtiene material inédito y varias colaboraciones, entre ellas una del entonces joven profesor Ricardo Senabre. El monográfico se publica. El verano de 1963 lo pasa Molina en casa de Cela en Mallorca. Al año siguiente se traslada con toda su familia a la isla y ocupa el cargo de secretario de redacción de Papeles de son Armadans.

Supone un gran cambio para toda la familia el paso de los pueblos de Guadalajara, donde el poeta ejercía de maestro, a Palma de Mallorca. En la isla entra en contacto con Joan Miró, Robert Graves, Américo Castro y otras personalidades que circulan en torno a Camilo José Cela. Durante esta etapa decide dedicarse tanto a la pintura como a la literatura, su economía al fin le permite comprar materiales para su obra plástica, sus colaboraciones como crítico de arte aumentan; toma el pulso definitivo a la narrativa y a las primeras novelas… Por su casa de Mallorca desfilan personalidades como Pere Gimferrer o Julio Campal. Al poco de su llegada funda Cela Alfaguara y Molina aporta todas las ideas que se le ocurren. En 1966 para esta misma editorial prepara su ya clásica Antología de la poesía cotidiana. Un año antes había visto editada su prestigiosa novela Solo de trompeta, por muchos(Arrabal, Senabre) considerada una de las novelas imprescindibles de la posguerra española. Su primer libro de relatos, La tienda ausente, lo publica en 1967. Y es en 1969 cuando recibe el premio “Ciudad de Palma” por la novela Un caracol en la cocina, aparecida un año antes. Uno de sus títulos esenciales a la hora de valorar su poesía Platos de amargo alpiste, lo edita en 1973 la prestigiosa colección Ocnos.

Tras dejar Papeles de Son Armadans y Mallorca, en 1975 se establece con sus seis hijas y su esposa en Zaragoza. Miguel Labordeta había muerto en 1969 y su ausencia será un constante motivo de nostalgia. Sin embargo, en la familia Labordeta encuentra un sólido apoyo que le facilitará los diarios avatares.

En esta ciudad vivirá hasta su muerte en el año 2005. Zaragoza es el lugar donde vive más tiempo en toda su vida. Organiza en 1983 la Semana de Aragón en Nueva York; ofrece con asiduidad conferencias; participa en la creación de las revistas literarias El pelo de la rana y Almunia; publica más novelas; dos volúmenes que recopilan su teatro; desarrolla su vertiente de creador de peculiares guiones cinematográficos y de aforismos, a los que nombra Musgos; su poesía aumenta en cantidad y caminos; impulsa una buen parte de su tarea plástica... Y, sobre todo, su personalidad influye en el ambiente, así como en artistas y poetas de diversa índole. A pesar de no haber nacido en Aragón pocos han dejado una huella tan indeleble en el paisaje cultural.

En el año 2003, coincidiendo con los 50 años de la aparición de sus primeros poemarios, Libros del Innombrable editó una antología de sus relatos bajo el título: La vida caprichosa. Con este motivo se dispuso una gira literaria que le llevó por Barcelona, Valencia, Granada, Murcia y Madrid. Y fue precisamente en esta última ciudad, en el Museo Reina Sofía el 17 de octubre de 2003, cuando en compañía del poeta, entonces también Secretario de Estado de Cultura, Luis Alberto de Cuenca y de Fernando Arrabal se le rindió un homenaje en una sala colmada. Aunque como luego Arrabal recordaría “no tanto como Molina se merecía”. Al acto también asistió el poeta José María de Montells. Desde su editorial Prensas y ediciones Iberoamericanas prestó al autor de El cuello cercando una esmerada atención, reeditando y favoreciendo la aparición de nuevos títulos.

Junto con Juan Eduardo Cirlot y Francisco Pino, Fernández Molina es, sino el más, uno de los poetas más insólitos de España. Su línea bebe tanto de la vanguardia más heterogénea como de la Tradición. Se acerca al letrismo pero también a los místicos. En sus poemas no se encuentra artificio, sino verdad. Fue siempre él mismo mientras pintaba, escribía, comía, entonaba una conferencia, se sentaba a tomar un café o se ceñía uno de sus característicos sombreros… Frente a él las etiquetas se apelmazan y desprenden acartonadas por el brillo del talento. A nuestro modo de ver su estilo rebasa el surrealismo y el postismo. Los géneros literarios y los límites siempre se le quedaron pequeños. Se mereció más de lo que obtuvo.

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