Adviento 2010

27/11/2010 - 23:15 José Sánchez-González

Con este domingo 28 de noviembre, comienza el santo tiempo del Adviento. Viene el Señor a visitarnos en la celebración de la Navidad, para la que nos preparamos espiritualmente durante el Adviento. Viene a cada uno de nosotros y a nuestras comunidades, si nos disponemos a recibirlo por una verdadera conversión, en la práctica de los Sacramentos que está al alcance de todos, La Penitencia y la Eucaristía, la oración más frecuente, la lectura de la palabra de Dios y el servicio del amor y del perdón a los hermanos. De esta manera nos preparamos también para la última y definitiva venida del Señor como Juez, al final de los tiempos. La semana que termina ha constituido una excelente preparación para celebrar el Adviento. La acogida y acompañamiento, en numerosos lugares de nuestra diócesis, de la Cruz que presidirá, Dios mediante, la Jornada Mundial de la Juventud, en Madrid, el próximo mes de Agosto, ha centrado nuestra atención en el misterio de Jesucristo, que nació en Belén para vivir entre nosotros, redimirnos mediante su muerte en la Cruz y, después de resucitar y volver a la gloria del Padre, vive con nosotros para siempre, mientras esperamos su última Venida. Este grato recuerdo se transforma en acción de gracias a Dios por habernos enviado a su Hijo, hecho hombre, como nosotros, y nacido de la Virgen María, y nos ayuda a celebrar el Adviento y la Navidad, dando gracias a Dios por su Venida, y a prepararnos para acoger en nuestra vida al Señor, que se hace presente por el Espíritu y nos regala el perdón y su gracia. Como hemos contemplado durante esta semana la Cruz de Cristo con los ojos de María, Madre del Señor y Madre nuestra, que acompañó a su Hijo en su muerte en la Cruz y durante estos días ha acompañado la Cruz con su imagen, así también hemos de celebrar el santo tiempo del Adviento con los mismos sentimientos y actitudes con los que María vivió las semanas y los días anteriores al Nacimiento de su Hijo. Como María vivamos estos días del Adviento en clima de oración, en la contemplación de la palabra de Dios, empleados en buenas obras, sobre todo en el ejercicio de la caridad con nuestros hermanos, especialmente con los más necesitados. Que la excesiva preocupación por la preparación de las fiestas de Navidad y de las vacaciones y la ocupación en otros menesteres, por importantes y legítimos que sean, no nos distraigan de la concentración en el gran acontecimiento de la Venida del Señor, que constituye el comienzo de nuestra salvación. No olvidemos que el Adviento, al mismo tiempo que nos ayuda a prepararnos para celebrar cristianamente la Navidad, constituye también una experiencia de lo que es nuestra vida en la tierra: Una preparación para el encuentro definitivo con el Señor que un día nos llamará y que vendrá con poder y gloria, en el último día, a juzgar a vivos y muertos. Esta última Venida del Señor, este Adviento definitivo, no es de temer, sino de esperar, por quienes creemos en su primera Venida, vivimos cristianamente la permanente venida del Señor por su gracia y por el Espíritu y, de este modo, nos preparamos para la última Venida que esperamos.