12/02/2018 / 19:58
Redacción


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Botargas y mascaritas esparcen fertilidad a la tierra en Almiruete


La cumbre del Ocejón, nevada y soleada, rascaba la barriga de alguna nube suelta, mientras los almiruetenses comenzaban los preparativos del carnaval, a última hora de la mañana de ayer. El termómetro marcaba cuatro grados, y botargas y mascaritas aliviaban rápidamente su sobremesa porque, pasadas las dos y media, debían ultimar los preparativos del Carnaval de la localidad, que es Fiesta de Interés Turístico Provincial.  

Hasta el último momento, los botargas habían guardado celosamente en secreto el lugar en el que se iban a vestir. Este año lo han hecho en el cerro de San Sebastián, al otro extremo de la cadena montañosa que protege el pueblo del Norte por donde aparecieron el año pasado. Allí, protegidos por la maleza, y pisando la nieve helada que quedaba después del temporal ya pasado, iban adquiriendo el atuendo tan particular que ha hecho famosa esta celebración, cuyas raíces se pierden en la noche de los tiempos. Los lugareños dicen que tiene más de diez siglos de antigüedad.

Cada uno de los diecisiete botargas que salió en la tarde de ayer, se fue vistiendo solo hasta que pudo. Lo primero, calzón y la camisa blancos. Después, polainas y abarcas.  Y lo último, los cencerros y la faja. En esta parte del ritual de la vestimenta, necesitan ayuda de los veteranos. Los grandes cencerros que le dan el sonido característico al carnaval, van atados a la cintura, por la espalda, bien ajustados para que no se aflojen, y se caigan. Una vez estuvieron en su sitio, los botargas se ciñeron la faja negra. La mitad, va doblada al cuello, y por dos veces cruzada en el pecho, en doble aspa. También pasa por debajo de la cuerda de los cencerros. Cada punta de la faja sale por un lado, derecho e izquierdo, antes de pasar atrás, a la espalda, con otras dos cruces. Las puntas vuelven por los hombros a la parte delantera donde se atan finalmente a la cuerda de los cencerros. De esta manera, este negro elemento también ayuda a sujetarlos, y con ello, a que suenen mejor. Allí mismo, en el cerro de San Sebastián, se colocaron el gorro blanco, trufado de curiosos y coloridos adornos de flores de papel y claveles de tela.

Ya vestidos, iniciaban el descenso al pueblo. Miguel Mata, uno de los veteranos que recuperó la tradición en 1985 después de que se hubiera perdido en 1964, lo anunciaba a los cuatro vientos, haciendo sonar, en la fuente redonda y subiendo por la calle Atienza, el cuerno de toro. Cuando los botargas llegaron al caserío, e igualmente en un sitio resguardado de la vista del público, se colocaron la última pieza de sus atuendos característicos, las espectaculares máscaras. 

La fabricación las máscaras es un proceso individual y secreto. En los días previos al carnaval, nadie dice una palabra sobre sus formas o materiales. Y en todos los casos, la tarde del carnaval es la primera vez en que se muestran públicamente. Cuentan con algún elemento que las une a la tierra, ya sea una madera, huesos de animales, agallones de los robles o raíces, que se superponen sobre  una base, generalmente de cartón.

Cada botarga tiene su propia colección de máscaras. Las mejores de cada  uno, se conservan en el Museo de las Botargas y Mascaritas de la Plaza de Almiruete. Las primeras, correspondientes a la recuperación del carnaval, en 1985, tenían soporte de escayola, y se han perdido. Salvo esas, están casi todas las demás. Son verdaderamente originales, después de que los años hayan perfeccionado las técnicas que emplean los lugareños en su fabricación.

En el desfile, no hay una jerarquía entre los botargas, ni puestos predeterminados. Unicamente se supone que los más veteranos deben ir delante, por ser quienes mejor marcan el ritmo y llevan el paso para que los cencerros suenen como deben sonar mientras circuyen el pueblo.

Ayer, los diecisiete botargas, todos de más de ocho años, entraron en el pueblo por el Camino de Valverde, o de la Celadilla. Antes de recoger a las mascaritas, que se habían vestido en una de las casas del barrio de arriba, frente a la Iglesia, circunvalaron por dos veces Almiruete, precedidos de su sonido impresionante. El recorrido comenzó por la calle de la Fuente Nueva, para seguir por la cuesta del Pilar,  pasando por delante el horno del pueblo, Plaza Mayor y calle Atienza, y así sucesivamente.  

El sentido de las vueltas es siempre el contrario a las agujas del reloj. Y como ocurre con todos los aspectos de la tradición, también este tiene su explicación. En esta dirección es como llegan las nubes que dejan agua y nieve al pueblo. El carnaval tiene relación tan directa con la forma de vivir de los antepasados, con el modo de vida de subsistencia de los agricultores y ganaderos almiruetenses pretéritos, y, dado que la fiesta representa esta forma de vida, y el campo está relacionado con el agua,  el sentido de los giros se asocia a esa necesidad de la tierra. Los botargas salen siempre, haga el tiempo que haga, llueva, nieve, o granice. “Algún año nos hemos mojado y no ha pasado nada. Si alguien se constipó, se le pasó”, dice Mata. 

En la en la tercera vuelta recogieron a las mascaritas. Este año ha salido alguna más que botargas, concretamente veinte.  Después de emparejarse con los botargas, ya juntos, dieron  otras dos vueltas más al mismo recorrido. En la última, recogieron las pelusas y el confeti y los tiznes de la sartén, con los que luego es costumbre embadurnar, sin molestar excesivamente, a las mujeres que no se han vestido. En la última vuelta, y sobre todo, en la plaza, botargas y mascaritas esparcieron la pelusa de las espadañas. En algunos momentos fue tan intensa, que de no ser porque lucía el sol, bien se podría haber pensado que empezaba de nuevo a nevar. Este año han salido, además, los otros tres personajes del Carnaval de Almiruete, el oso, la vaquilla y el domador.

También hubo oportunidad para las carreras con el botillo de vino, que voló sobre la plaza. El que lo cogía, huía para echar un buen trago. Misión del resto de botargas era darle caza, y quitárselo, para volverlo a lanzar.

Cuando terminaron las carreras tras el botillo, propios y extraños compartieron una generosa barbacoa de chorizo y panceta, acompañada de vino. Los almiruetenses invitaron a todos los presentes  hasta que se agotaron las existencias.

Los dulzaineros de Sigüenza habían tomado el relevo de los cencerros. A partir de las ocho y media de la noche, botargas, mascaritas y dulzaineros empezaban la ronda por las casas, pidiendo el somarro. Antes, cualquier tipo de vianda era el somarro. En ese rato, la ronda hacía acopio de chorizo, lomo, patatas, tocino y huevo. Una vez hecho el recorrido, en una casa de un botarga, igualmente un lugar secreto, se hacía la cena.  En la etapa anterior, antes de 1964, cuando los botargas eran mozos, los casados los esperaban en cualquier esquina para quitarles el somarro y comérselo ellos.  E incluso después de terminar la ronda, entraban hasta la cocina y se llevaban lo que podían, en una costumbre que era aceptada tal cual.

Para evitar problemas de flujo de tráfico, el caserío de Almiruete quedó cerrado al tráfico a partir de las 13:30 horas. Además, algunos veteranos y voluntarios, protegieron las filas de botargas y mascaritas para que nadie entorpeciese su paso, y llevaran a cabo la tradición como mandan los cánones, y aún más cuando, por el hecho de llevar puesta la máscara se reduce mucho su campo de visión.

El alcalde de Tamajón, Eugenio Esteban, estuvo presente, “con muchísima ilusión”, como cada año, en la celebración. “Nos habían asustado diciendo que iba a hacer un frío polar, que luego no ha sido tal. Estamos orgullosos de la organización de esta fiesta, que corresponde a  la gente de Almiruete, y de la confianza que depositan en el Ayuntamiento de Tamajón. Nosotros les ayudamos en los que nos piden, pero el esfuerzo, es de ellos”. 

Jesus Parra, diputado de Turismo, se acercó, junto con Alberto Dominguez, a presenciar y participar de la fiesta.  “El día, finalmente ha acompañado. Esta fiesta se lleva a cabo en unos meses difíciles, como son los de invierno en la sierra, y sirve para llenar los pueblos de vida y de riqueza también, puesto que dinamiza los negocios de restauración de la comarca. Además, sirve también, entre otras cosas, para unir a los vecinos del pueblo, de la comarca y a los que  vienen de Guadalajara a presenciar esta costumbre y fiesta, que es, con todo merecimiento de Interés Turístico Provincial”.

 


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