28/08/2018 / 19:12
Jorge Riendas


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¿Dejaría al lobo cuidar sus ovejas?


 

Cada cierto tiempo, al igual que supongo les ocurrirá a muchos más compañeras y compañeros profesionales de la edificación y de la arquitectura, recibo un molesto correo electrónico que me propone suculento negocio con apenas esfuerzo.

No me refiero a esos falsos mails que piden nuestros datos para enviarnos ingentes cantidades de euros y que son heredados de la desafortunada desaparición de algún millonario o millonaria que ha tenido la bondad de acordarse de nosotros (aunque nunca nos conocieron), para dejarnos suculentas fortunas que obviamente no existen y sólo persiguen obtener nuestra información para quién sabe dónde y cómo utilizarla.

Me refiero a esos correos que nos ofrecen al profesional de la edificación suculento negocio a cambio de regalar a nuestros clientes más cercanos y/o conocidos, actuaciones profesionales concretas a coste cero: gratis, sí, oiga, gratis. Estas supuestas altruistas empresas nos confirman por mail que están dispuestas a pagarnos directamente a nosotros, los técnicos, por la realización de ciertos trabajos siempre y cuando se genere actividad y tercie el negocio de verdad: obras y más obras (que habrán de hacer y pagar los clientes, como es obvio).

Es decir, pongamos un ejemplo concreto, recibes un mail que te propone: “Haz la ITE de un edificio que este año obligatoriamente debe hacerla (lo cual se puede conocer fácilmente en la red) y ofrécesela gratuitamente a sus propietarios, que nosotros te la pagamos en cuanto nos contraten para reparar lo que detectes que es necesario rehabilitar”. Según este “novedoso” e “ingenioso” negocio “emprendedor”, la empresa de turno pagará por dicho trabajo al profesional un precio que apenas roza el 50% de su valor real de mercado. Pero eso sí, por si no te han convencido del todo, se comprometen también a contratarte para ejecutar el proyecto de las obras, e incluso te encargarán directamente la dirección de las mismas (y aquí ya no te dicen lo que te abonarán por estos trabajos, pero como es evidente, serán un honorarios proporcionales a los ya indicados anteriormente).

Es posible que incluso leyendo lo anterior haya quien piense que no hay nada malo en ello, porque al fin y al cabo, se le está haciendo la ITE gratuita a los vecinos ¿no? (igual que una ITE, podría ofrecerse gratuitamente un IEE, un CEE, una Memoria de Reparaciones y Mantenimiento, o cualquier otra actuación profesional similar). Pero nada más lejos de la realidad, porque… ¿qué coste real supondrán estos trabajos para los propietarios?

En este país de Quevedo y Cervantes, de Don Quijote, Rinconete y Cortadillo, surge la maquinaria pícara del negocio facilón y oportunista que se vale de esa oportunidad que alguien puede considerar interesante para hacer obras donde quizá no eran tan necesarias, e incluso para ser juez en la valoración de esas obras que han de acometerse por imperativo técnico. Pero no debemos olvidar que nos encontramos ante un caso en el que el técnico, que supuestamente debe defender los interese de la Propiedad, también mercadea con la empresa constructora ¿y a quién defenderá más y mejor? Y es aquí cuando me viene a la mente ese manido dicho tan español de “poner al lobo a cuidar las ovejas”.

Lo cierto es que, el desconocimiento de las funciones y ventajas que los técnicos aportan con su diligencia y profesionalidad, subyacen en estas situaciones cuando se producen, que incluso a día de hoy, haberlas, haylas. Este desconocimiento de la importancia de la contratación de un buen profesional técnico que vigile y controle los trabajos constructivos, se fundamenta en la propia actividad de la construcción privada, ya que por desgracia, como mucho, nos hacemos una casa en nuestra vida, y no repetimos cada poco tiempo, como cuando nos compramos ropa, tecnología, etc. Por lo que nuestra experiencia sea buena o mala, suele ser única.

La antropología constructiva viene a definir a los técnicos como aquellos profesionales que deben velar por los únicos intereses de la Propiedad, pues es quien realmente no conoce ni tiene por qué conocer ni los materiales, ni los sistemas constructivos que pueden y/o deben utilizarse, y ni siquiera debe tener conocimientos de interpretación de planos, mediciones, etc. Y no nos olvidemos de lo que es más importante en muchos casos: estos técnicos son los profesionales que también velan y defienden los intereses económicos de los propietarios y/o promotores: midiendo las obras realmente ejecutadas, valorando los precios de obras que no se habían presupuestado (los famosos “yaques”), y vigilando que las certificaciones se corresponden con lo realmente ejecutado.

Y llegados a este punto, y si sabemos que además el coste de los honorarios de estos técnicos, ya sean licenciados o diplomados, rara vez llega al 10% del valor total de la obra ¿no será mejor pagar lo que nos pida un técnico de confianza y que además nos han recomendado por su profesionalidad y eficacia, que arriesgarnos a que el técnico no sea escogido por nosotros e incluso en ocasiones hasta sea remunerado directamente por el propio constructor?

Otra cosa bien distinta es que, en áreas como la nuestra, donde nos conocemos prácticamente todas y todos, fácilmente acabamos coincidiendo a lo largo del tiempo técnicos y empresas constructoras de reconocido prestigio en varias obras distintas; y como personas y seres humanos que somos, surgen esas afinidades y confianzas que en nada deben afectar al rigor profesional de ambos agentes intervinientes en el proceso edificatorio, pues ni el constructor va a abusar de la confianza del técnico con el que ya se ha visto en otras lides, ni viceversa. En estos casos, más bien todo fluye en armonía y sana discusión, pues no hay obra donde no surja la diversidad de opinión, pero siempre desde el respeto y la profesionalidad, y con la máxima de velar siempre por los intereses de la Propiedad, que es quien paga.

Moraleja: Contrate un buen profesional que vele por sus intereses en la construcción de su casa o negocio, y “no ponga al lobo a guardar las ovejas”. Y a mayor abundamiento, huya de lo gratuito o excesivamente barato, que también hay otro dicho muy español que dice que “lo barato, sale caro”.


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