Inteligencia Artificial


Llevo casi un cuarto de millar de artículos en esta ventana que me ofrece Nueva Alcarria y, tras revisarlo expresamente, no había hablado hasta la fecha de la inteligencia artificial así como del impacto futuro que tendrá en nuestras vidas.

Hace unos años pude aprender de la mano de los profesores Salcedo y Portilla (Universidad de Alcalá) el funcionamiento avanzado de la algoritmia y siempre me había apasionado la capacidad de realizar predicciones a futuro con los datos obtenidos en el pasado. Entrenar los números para que los test, puedan ser la bola de cristal de nuestras próximas decisiones. Jugar con ese  mecanismo que deglute entradas y vomita respuestas, sin preocuparnos sobre el funcionamiento interno del sistema. La caja negra.

¿Tiene lógica interna? ¿Es nuestra interpretación de Dios? ¿Tiene los mismos sesgos que el ser humano? Cualquier respuesta es mirarnos a los ojos a nosotros mismos y a nuestra propia naturaleza humana. Cuando la filosofía y la matemática se rozan llegan las preguntas, ¿podrán pensar por si mismas las inteligencias artificiales? ¿Podrán jerarquizarse entre sí? ¿Serán capaces de distinguir el bien y el mal? Asimov, HAL y Sara Connor. Llevamos años soñándolo y por primera vez en la historia es tan real como ver una caricatura de Will Smith tomando pasta a realmente dudar sobre lo que ven nuestros ojos en redes sociales. 

Las consecuencias económicas más evidentes son una sobrevaloración de activos vinculados a las nuevas tecnologías (desde las propias Gemini, Grok, ChatGPT.) y los procesadores (IBM, NVIDIA) por las expectativas infinitas y casi divinas de la tecnología del futuro hasta una proyección drástica de las personas que pasarán a engrosar las colas del hambre porque los bits van a sustituir sus habilidades. Las páginas salmón no dejan de informar como el mes de Octubre ha sido el más drástico en la caída de empleo desde 2003 (hablo de Estados Unidos o Japón, de los países que manipulan sus estadísticas laborales como España, me doy mus) ya que, se han reducido 154.000 trabajadores en Trumplandia en los pasados 30 días. ¿Los últimos? Los 14.000 que Jeff Bezos ha mandado a sellar la cartilla del paro. ¿La razón? “Algo” hará lo que sus empleados hacian antes. Bienvenidos a los movimientos ludditas del siglo XXI. Igual que aquellos artesanos ingleses entre 1811 y 1816 destruían las máquinas que les quitaban su jornadas, ahora, sin llegar a la sangre estamos planteando que las máquinas paguen cotizaciones o tributen parte de su rendimiento por el mero hecho de existir. Volviendo a nuestra piel de toro, el impacto es menor, pero esos despidos de Amazon afectan a 1.200 almas entre Madrid y Barcelona, siendo los programadores los profesionales más deseados y sin visos de reducir la tendencia.

Y no hay que pensar solo en esos empleos donde los robots terminarán sustituyendo la mano de obra, sino también aquellos curros que se basan en el conocimiento o la redacción. El corporativismo defenderá las profesiones, pero llama poderosamente la atención como la IA es capaz de hacer escritos jurídicos perfectamente redactados y con la jurisprudencia realizada en cuestión de segundos, mientras que los letrados podemos tardar días en redactar nuestras pretensiones. Hace dos siglos se erradicó el hombre industrial, ahora se erradicará el homo Practicum sapiens y el homo manual repetitiva.

Ahora se echa de menos el artesano y se terminará buscando árnica con la neurona biológica viva. En esta Matrix de carne y huso, estamos muy cerca de la mente colmena, seres humanos con la misma cultura pop, pocos conocimientos, mucho servilismo, poca crítica, mucha red social, plagados en ansiedad y velocidad. Enfermos modernos. Las máquinas ofrecen la ausencia de emociones a cambio de un mantenimiento. La esclavitud del silicio. Cada vez tengo más claro que mis hijos tratarán de buscar un Morfeo con pirulas de colores que busquen proteger Sion y que mis nietos verás cosas que harían vomitar a una cabra más allá de la puerta de Tannhäuser. Todos esos recuerdos se perderán como lágrimas en la lluvia o como lubricante usado en balsas de carbono.