14/09/2017 / 23:25
Sergio Lafuente


Imagenes

Paco Ureña marca diferencias e inaugura la Puerta Grande 'Iván Fandiño'

Comenzó el festejo con un emotivo minuto de silencio. Terminó abriéndose la Puerta Grande que el día anterior había sido bautizada con el nombre de Iván Fandiño.


El logotipo del ‘León de Orduña’ en el centro del anillo y el minuto de silencio sirvieron para evocar las numerosas tardes de Iván Fandiño en esta plaza. Trepó el respeto del ruedo a los tendidos preñado de dolor y afecto inevitables. Gloria a Iván, de Orduña y de la Alcarria. La corrida de Monte la Ermita ofreció hechuras muy dispares. Un espectro que incluyó desde el cornalón segundo al escurrido cuarto con el sello común de la falta de raza. Sin codicia ni empuje. En la misma línea que Bautista y Cid. Ureña marcó diferencias desde el saludo capotero a su primero y, sin apenas material, esbozó la calidad de su toreo al natural. Una delicia en una tarde que, a pesar de las orejas, se volvió espesa metida en su segunda parte.  

Primera puerta grande
Con el montado y corniprieto tercero se presentó Ureña en Guadalajara. Dejó su marchamo a la verónica y también en un quite por Chicuelo. Los hieráticos estatuarios del prólogo metieron pronto al público en faena por apretura de espacios. Mediada la obra, llegaron los mejores pasajes en dos series con la mano zurda. De uno en uno, no permitía el toro ligazón, deletreó Ureña la calidad de su trazo. No corrió mejor suerte con el que cerraba plaza, que delató problemas de visión. Espacios y tiempo fueron claves para afianzar la embestida y hacer emerger retazos  en una faena brindada a Caco Senante. Las manoletinas de cierre y la estocada pusieron el colofón para conseguir la puerta grande.

Premio a la estocada  
Una oreja por coleta sumaron Juan Bautista y El Cid de los segundos ejemplares de sus respectivos lotes. El apéndice del francés, como premio a una estocada recibiendo, y que a buen seguro será candidata a mejor estocada del ciclo, con permiso de lo que aún acontezca en adelante. El espadazo de Bautista se celebró por su ejecución y como alivio para poner fin a una labor tan larga como pulcra. Uno tras otro se sucedieron antes los muletazos sin eco alguno. Tampoco ayudó a Bautista el que abrió plaza, que avisó de su flojedad nada más hacerse presente en el ruedo. Noblote, pero con el defecto de soltar la cara al final del viaje.
    El burraco que hizo segundo sorprendió con dos espectaculares espabiladeras, cuyas puntas mostraba con generosidad. Tuvo éste cierta movilidad aparente que le dotaba de cierta transmisión. Fue, posiblemente, el toro de mayores posibilidades, pero El Cid, tan lejos de sus mejores años, apenas fue capaz de sacar partido. Creó esperanzas vanas de recrear su mejor zurda, que no llegaron a fraguarse. La facilona oreja que cortó al tardo quinto, tan alto de cruz como largo, fue premio a una tesonera labor. El pinchazo previo no fue óbice para la concesión. 


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