03/09/2018 / 16:49
J. Pastrana


Imagenes

Un ‘Gigante’ sin fuerza


El cronista se queda pensativo, mirando el escenario, preguntándose qué es lo que está pasando este año en el Festival Gigante. Guadalajara no es demasiado grande. Quien haya pisado un poco la calle, los bares, los conciertos que se organizan en esta ciudad, se ha acostumbrado a ver los mismos rostros en distintos lugares. Son caras de melómanos que se han ganado a pulso el respeto, no porque hayan demostrado saber mucho de música, si no porque siempre están ahí. El cronista les pregunta y ellos responden con la misma sensación: falta algo.


Claro que el Gigante ofrecía grupos interesantes en su cartel de este año, pero no eran los que tenían las letras mayúsculas. Desde que se cerró la lista de artistas, empezó a flotar en el aire la sensación de que faltaba, al menos, otro nombre, uno que conectase con la supuesta esencia indie de esta cita, pero ese nombre nunca llegó. Dorian y Viva Suecia pueden gustar, pero no llenan el vacío que deja un Sidonie, Lory Meyers o Izal. Ya, no pueden venir siempre los mismos... ¿o sí?

Vistazo rápido al cartel del Gigante 2015. En él ya aparecían Dorian, Pasajero, Ángel Stanich, Full, Rufus T. Firefly, Correos y Dani Marco (voz de los Despistaos). Y también estaba Lichis, que a base de subirse a los escenarios de la capital parece más de Guadalajara que muchos grupos de la provincia -¿tan difícil será traerse por aquí a los Hermanos Cubero?- Todos estos grupos volvieron este año a Guadalajara. La gran diferencia es que en 2015 el cabeza de cartel era Vetusta Morla, todo un icono de la escena indie, y este año ese puesto lo ha ocupado Bubury, que es un profesional y un artista como la copa de un pino, pero es más Bunbury que indie.

Así que, sin un referente claro, el cronista echa mano de internet para buscar un nuevo adjetivo con el que calificar a este festival, o por lo menos a esta edición del festival. Y ahí, en el mundo web, en el que hay mil opiniones sobre todo y más en lo referido al mundo musical, encuentra una curiosa distinción entre indie y alternativo. 

En España, el indie se ha convertido en un cajón desastre, aunque no tanto como el del pop rock, en el que  cabe casi de todo. Ahí podríamos encuadrar a Dorian, Full y Viva Suecia, incluso a unos Elefantes a los que el paso de los años ha convertido en visionarios, con esa fusión de pop y canción melódica. 
Sin embargo, quizás el concepto de ‘alternativo’, más apropiado para artistas que han conseguido construir algo muy suyo, sea lo más apropiado para Rufus T. Firefly, Ángel Stanich y Sexy Zebras. Y sobre todo para Bunbury, claro. Si alguien se ha luchado y conquistado el derecho a ser alternativo, ese es Bunbury, más personaje casi que artista, el sábado volvió a demostrar que pocos pueden llenar el escenario como él. 

Así que, en todo este caleidoscopio de emociones, sólo cabe decir que este año el Gigante se ha perdido un poco asímismo. Quizás fue el exceso de ambición, sus ganas de seguir creciendo, pero a más grupos, menos personalidad, menos entusiasmo, menos energía... Algo le faltaba al Gigante y muchos lo sabían.

El primer jueves
La gran noticia de este año era que el Gigante estrenaba un día más de conciertos, el jueves, un día que sirvió además para reencontrarse con Despistaos. 
En la que está siendo su segunda vida, este grupo nacido en Guadalajara ha vuelto a los escenarios dispuestos a disfrutar de la música, y eso se nota. Su pop rock sigue teniendo el sabor urbano de la adolescencia. Puede que esté alejado de los estándares de calidad de los más sibaritas, sobre todo en un festival antiguamente conocido como indie, pero lo cierto es que en su ciudad se les quiere y mucho, así que suya fue una fiesta que ya había arrancado con el Kanka, una versión 2.0 de Javier Krahe que dejó un buen sabor de boca con su directo. Aunque si hubiera que dar un premio al artista alternativo del día, ese sería sin duda para Sexy Zebras, tres tipos desatados que saben bien eso de que un concierto es tanto puesta en escena como música. 


Rubén Pozo y Lichis, que continúan buscando sitio en el panorama musical tras poner fin a su trayectoria con Pereza y  La Cabra Mecánica, fueron la cruz de la moneda, con un proyecto que parece más interesado en unir nombres que ideas musicales. Y un poco frustrado se vio a Paul 3.14,  quizás demasiado pendiente de estar compartiendo franja horaria con Despistaos. 

Retazos de indie
Dorian y Viva Suecia fueron los encargados de defender el espíritu indie más... políticamente correcto, podríamos decir. Si durante la actuación de Lagartija Nick daba la impresión de que a la Fuente de la Niña aún le faltaba mucho tiempo para calentar motores, apenas una hora después aquello parecía una olla a presión. 


Con numeroso público y mucha implicación, Viva Suecia podría haberse ido a casa con una sonrisa de oreja a oreja si no llega a ocurrir un pequeño imprevisto: el público no terminaba de controlar el estribillo de Hemos ganado tiempo, así que hubo que parar, reprenderles con cariño y retomar la canción. Eso sí, todo con muchísimo buen humor y una estupenda química. Parecía que el festival carburaba.

Y después de Viva Suecia, Dorian mantenía vivo el espíritu indie, aunque con un pequeño bajón de energía. Su problema: todas las canciones parecen que son “esa canción que me gusta”, pero luego “ah, no, que ésta es otra”. La actuación sin duda encantó a los seguidores del grupo, pero lo tenía complicado que llamar la atención del espectador que estuviera buscando algo por lo que dejarse atrapar. A pesar de ello, la recta final de su actuación supo sacar el máximo partido de los temas más conocidos.

Tocaba volver a lo alternativo, a La M.O.D.A., uno de esos grupos que en los últimos tiempos ha ido ganando cada vez más peso dentro de la escena musical, y también un viejo conocido del festival, en el que ya estuvieron en 2016 en un rol más secundario. La propuesta musical de los burgaleses ocupa un espacio vacante en el panorama nacional. Musicalmente funcionan y su directo es potente, pero sus letras no terminan de cuajar. Es como si su intensidad supusiera un obstáculo a la hora de conectar con el espectador medio. 


Mientras tanto, quien también derrochaba intensidad, aunque estrictamente musical, era Texcoco en el pequeño Escenario Coca Cola. Garage y actitud punk hacen de esta formación todo un espectáculo, sobre todo gracias al desenfreno de Adriana Moscoso, un huracán sobre el escenario que no tuvo problema alguno a la hora de rasgar su propia camiseta y lanzarse entre el público a pegar empujones.

Curioso, por cierto, resulta que la organización no encontrara hueco para llevar a los escenarios principales a algún grupo femenino, sobre todo porque en el Coca Cola hubo bastantes y con propuestas tan alternativas o más que a otras a las que sí se dio mayor protagonismo.

La jornada terminó con el pop rock bailongo y desenfadado de Novedades Carminha y con la sesión Dj de Elyella, un subidón compuesto principalmente por la mezcla de electrónica y temas pop y rock. Eso sí, a la velada aún le quedaba un último protagonista.  En el escenario Mahou, por el que fueron desfilando distintos DJ´s durante los tres días de actuaciones, Eva Amaral y Xavi B. tomaron los mandos de la noche hasta bien entrada la madrugada.

El día B
El vermú del sábado parecía haber llegado para quedarse, pero este año la cosa dejó sus dudas. Pasadas las dos de la tarde, muchos zonas de copas ofrecían un aspecto más bien triste. Y en Santo Domingo, la cosa tampoco era mucho mejor. El sol volvía a hacer de las suyas y el público parecía más interesado en encontrar una sombra que en disfrutar de la música. Eso sí, a partir de las tres de la tarde la cosa comenzó a cambiar y a las seis aún había ruido en las calles. Los números salían en las cajas de recaudación, pero el ambiente había llegado un poco tarde a las calles.


Por la tarde, otro grupo femenino se llevaba todos los aplausos en el escenario Coca Cola. En este caso era The Dawlins, que ofrecieron otra apuesta personal basada en la fusión de country y folk, pero rebautizado como country ibérico. A ellas les seguirían Ecléctica, otra formación femenina que ofrecía un pop y espíritu que recordaba a la inocencia y el desenfado de los 80, aquel en el que había más ilusión que calidad, y que incluso evocaba de alguna extraña manera a Cristina y los Subterráneos.

Mientras tanto, en los escenarios principales, Full regresaba al Gigante para disfrutar a lo grande. Los sevillanos recuerdan al Vetusta Morla más enérgico y su directo sí hace que uno tenga ganas de escuchar algo más de su música al llegar a casa. Y quienes también sorprendieron fueron Elefantes, uno de esos grupos que siempre se diría que están a punto de desaparecer, pero que ahí sigue, dando muestras de profesionalidad sobre el escenario y con una propuesta muy fiel a sí misma que une pop y música melódica, una revolución que no llegó a explotar nunca, pero que siempre ha mantenido su llama ardiendo. 


Después, todo estaba listo para Bunbury. Camisetas del artista, tatuajes de los Héroes del Silencio y mucho público agolpado delante del escenario varios minutos antes de que Elefantes dijera adiós. Estaba claro quién era el protagonista y éste decidió dar su mejor cara. Empezó con temas más nuevos, pero advirtiendo que habría tiempo para todo. Así fue. Arropado por una banda de músicos excepcionales, el concierto se mantuvo tibio hasta que empezaron a salir las canciones de siempre: Mar adentro, El extranjero, Que tengas suertecita, Maldito duende, De Mayor, Sí, Infinito y Lady Blue fueron algunos de los temas que llevaron al éxtasis al público. Fue exactamente lo que se esperaba, que tampoco es poca cosa. 

La música alternativa siguió con Ángel Stanich y Rufus T. Firefly. El primero es de esos artistas que pueden llegar a agobiar un poco de puro personales, muy para los suyos. En cuanto a Rufus, su propuesta rock trasciende también lo musical para recuperar el espíritu de la psicodelia de toda la vida. El grupo encabezado por Víctor Cabezuelo y Julia Martín-Maestro hipnotiza sin sobresaltar, haciendo de su actuación un momento casi místico... Casi lo opuesto a lo que ocurría en  ese mismo momento en el escenario Mahou, donde cientos de personas se agolpaban para bailar con los temas indie que pinchaban los DJ´s, y a lo que ocurriría después con Kitai, que golpeó al público con su energía hasta dejarle exhausto. Con ellos, el Gigante cerraba una nueva edición, la quinta ya, correcta en líneas generales, pero probablemente la más floja de toda su historia. 


Con la ampliación de días, el festival ha perdido personalidad y fuerza. Y el público de Guadalajara, ese que está siempre en todo lo que se hace, se ha dado cuenta. 


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