14/08/2016 / 12:35
Francisco Vaquerizo


Imagenes

Carmen Hernández

Hay personas de punto y aparte por el mal ejemplo que irradian.Y las hay, como Carmen Hernández, que lo son por todo lo contrario.


Hay personas de punto y aparte por el mal ejemplo que irradian. Y las hay, como Carmen Hernández, que lo son por todo lo contrario. Porque son faros de luz, espejos de conducta, modelos de fe, presencias de amor y de cuanto santo y bueno quepa imaginar. De ahí que mi comentario sea sobre la grandeza espiritual y humana de esta mujer, muerta recientemente en Madrid a los ochenta y cinco años.
    Carmen nos recuerda a la mujer que ensalza la Escritura: fuerte, entregada a los demás, generosa, abnegada y humilde. Siempre atenta a las enseñanzas de Jesús por quien lo dejó todo para seguirle en el servicio a su Iglesia. Pasó por la tierra con la mirada puesta en el cielo. Las estrellas esparcidas por el universo eran para ella la mejor prueba de la existencia de Dios.
    Hija de familia numerosa, propietaria de una próspera industria, se licenció en Química para trabajar en la empresa familiar. Dicho trabajo no llenaba sus aspiraciones más profundas. Se sentía llamada a predicar el Evangelio como misionera. Estudió Teología con la intención de entrar en el Instituto de las Misioneras de Cristo Jesús. Pero Dios modificaría sus planes. A principios de los sesenta, en Palomeras Altas, barrio de Vallecas, encontró a Kiko Argüello, un joven que intentaba desarrollar su vida cristiana entre los más pobres. De este encuentro nació el Camino Neocatecumenal, que es hoy una de las realidades más pujantes en nuestra Iglesia.
    Está considerada “el alma” del Camino. En el Vaticano II había encontrado los perfiles de su religiosidad. La Eucaristía, la Pascua, la catequesis  y la iniciación cristiana. Fue la impulsora de celebrar la Vigilia Pascual durante toda la noche, dejando muy claro que el misterio pascual es el centro de la vida cristiana.
    Se destacó en el funeral su gran amor a la Iglesia y su sincero amor al sucesor de Pedro. Monseñor Osorio dijo que “vivió con un gran amor a la Iglesia su papel en el estatuto del Camino, aprobado por la Santa Sede, la defensa de la mujer y su lugar en la Iglesia, su sincero amor al sucesor de Pedro”. Kiko, compañero de misión, recordó “Carmen ha sido para mi un acontecimiento maravilloso; su genio grande, su carisma, su amor al Papa y, sobre todo, a la Iglesia. Sin ella el Camino no existiría”. El Papa Francisco, que la había llamado pocos días antes para interesarse por su enfermedad, envió este mensaje: “ Agradezco al Señor por el testimonio de esta mujer, que ha dedicado su vida al anuncio de la Buena Noticia, sin olvidar a las personas más marginadas”. Todos cuantos la conocieron coinciden en señalar las mismas virtudes.
    Reconforta comprobar que en estos complicados y calamitosos tiempos, haya personas como Carmen Hernández, merecedoras de nuestra admiración, de nuestra estima y de nuestro aplauso. Hay un himno en el Oficio de lecturas de santas mujeres, con cuyos últimos cuatro versos quiero concluir mi comentario. Considero que Carmen cumplió a la perfección lo que allí se canta: “Me dí en salud y en dolor – a todos, y de tal suerte – que me ha encontrado la muerte –sin nada más que el amor”.
 


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