07/01/2017 / 16:09
Luis Monje Ciruelo


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Coches y matrículas

A raiz de lo que está pasando en Madrid me acuerdo de la indignación que me producjo en el año 2000 la supresión den las matrículas del indicativo de cada provincia.


Se ha dicho  que no hay cambios, aunque sea de lo peor a lo mejor, sin inconvenientes, porque siempre se perjudica a alguien. Y en este país tan tenso y tan irritable como es el nuestro, mucho más. Ya lo hemos visto con las drásticas medidas que ha tenido que toma la alcaldesa Carmena para intentar reducir la contaminación de Madrid. Ha  escuchado de todo, menos soluciones más eficaces que la que ella adoptó. La contaminación que ha obligado a la alcaldesa a la drástica medida de reducir el número de vehículos que circulan por la ciudad me ha recordado la indignación que me produjo en el año 2000 la supresión en las matrículas del indicativo de cada provincia. A mi no me importó que desde Bruselas se obligara a incluir un círculo de estrellas con una franja vertical de fondo azul con la inicial del país. Aunque solo se hubiese intentado cambiar el color de la matrícula no hubiese faltado la polémica. Porque Andalucía la habría pedido en blanco y verde; Castilla- La Mancha en blanco y granate y Cataluña cuatribarrada. No sabemos qué color hubiese reclamado el País Vasco. Porque el rojo es el color de la sangra. Y en aquellos  “años de plomo” hubiera sido “demasié”. Recordemos que todo empezó cuando Bruselas dispuso que en la nueva matrícula de la Unión Europea se incluyera la inicial del país. Cataluña y el País Vasco se opusieron exigiendo sustituir la “E” por las siglas de su autonomía.
    El Gobierno impuso su autoridad y mantuvo la E metiéndola poco menos que con fórceps.  En la trifulca se cayó el distintivo provincial. Y contra eso sí que protesté porque suponía  hacer a todos los coches anónimos, pues la nueva matrícula solo informaba de que el dueño era español y de la Unión Europea, como si esto último fuera un motivo de presunción. Protesté porque, como la mayoría de los automovilistas, no quería renunciar a mis orígenes, aunque fuera una provincia tan modesta como Guadalajara. El caso fue que yo, como otros muchos, compré un coche en Madrid en los años setenta y me lo traje con matrícula verde para matricularlo en Guadalajara. No quería perder la identificación de mi tierra. Me encantaba pensar que los madrileños que se quedaban en Madrid con sus ruidos y su contaminación, al verme enfilar desde la Castellana la calle María de Molina con mi coche matrícula GU me envidiarían pensando que me iba a los claros y limpios horizontes de mi provincia.
 


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