08/10/2017 / 13:21
Marta Velasco


Imagenes

Colores

Apenas salimos de la crisis económica y ya nos enfrentamos a la política.


En mis oídos Volare y en mi ventana el sol sobre unos crocos tiernos. Parece que empieza la primavera, pero estamos en otoño. La estación más bonita por sus colores, por el tono de los árboles, por la ambarina transparencia del aire, por una especie de descanso ambiental. La naturaleza da un respiro, se tranquiliza, suelta sus hojas, se quita los calores con un abanico de brisa tibia. Es el mejor momento del año para pasear por el parque, ir al cine, asistir a un concierto, sentarse en una terraza con amigos… Sí, pero los políticos han decidido otra cosa.
Apenas salimos de la crisis económica y ya nos enfrentamos con la política. He decidido pasarla por alto, no puedo más, el hombre es lobo para el hombre, homo homini lupus, ya lo decían nuestros conquistadores romanos en esa lengua tan universal que la Iglesia católica tontamente condenó al ostracismo. Por esta condición tan zorruna o lobuna, los hombres tendemos a estropear todo lo que tocamos.
No hace tanto tiempo, los españoles disfrutábamos a pleno pulmón del otoño y de sus colores, sus frutos y sus guisos. Era el momento de reunirse, degustar unos platos de cuchara y hasta de enamorarse después de romper con el ligue de verano. Momentos de paz y de libertad, con los deberes de la transición hechos y una Constitución pactada y buena. Pero en el alma del español hay siempre un comecome que nos impide disfrutar de nuestros logros. Un sí, pero. Un mal rollo, vamos.
El año pasado, por estas fechas, los españoles, ya fueran de Sigüenza o de Gerona, estaban por el pinar buscando rovellons, respirando el aire más puro, o cogiendo níscalos entre la pinocha. Un atracón de dicha cada vez que los encuentras, anaranjados y olorosos. O en el monte tras la gírgola de panical, auténtica delicatessen, esas pequeñas setas que, haciendo corros, brillan al sol de la mañana, cubiertas de rocío como joyas entre cardos. Casi tan bueno es encontrarlas como comerlas. Pura vida.
Algunos estarían cazando, que es una parafernalia muy de otoño. No soy muy partidaria, es más para ministros y hombres de negocios, pero tengo amigos cazadores, que se levantan de madrugada, cuando todavía cae la escarcha sobre los coches y los matorrales, y se van con su perro, bien arreglados por deferencia a los animales - oro viejo el campo, verde el Barbour, sombrero austriaco coronado de plumas, medias con borla - siguiendo cautelosos y contra el aire el jadeo del cochino jabalí o la vertiginosa caída de la perdiz jaspeada de pluma y sangre entre los rastrojos. Mis amigos cazadores tienen un respeto total por el campo y por los animales y consideran la caza un noble deporte de gente de honor y de reyes. Me han contado que el Rey Alfonso XIII fue a cazar a Guadalajara y uno de los ojeadores, atribulado por la responsabilidad de tratar con Su Majestad, no sabiendo como dirigirse a él, gritó desaforado: Ahí va la liebre…¡¡¡Tío Rey!!!
Ahora parece que las leyes pactadas no gustan a algunos políticos, que han hecho un referéndum ilegal y caótico, que quieren una nación para ellos solos y que estamos sufriendo mucho. Pase lo que pase, vaya forma traicionera de estropear el otoño a todo el personal.


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