El arte de ayudar
El mundo de la protección animal se ha construido con las personas que, por espontánea voluntad y no por obligación o deber, han prestado su ayuda ante el abandono y el maltrato que estaban contemplando a su alrededor, es decir, con voluntarios.
Existen una serie de premisas que caracterizan los beneficios que reporta ayudar a los demás, la primera de ellas es la satisfacción que genera, proporcionando estados de alegría que mejoran la salud. Según distintos estudios disminuye la probabilidad de padecer depresión, consolida la autoestima y aumenta la capacidad de empatía -por lo que habrá tanto beneficios físicos como psíquicos-; una segunda reforzará los lazos con la comunidad al estar en contacto con personas con los mismos valores y motivaciones, evitando la sensación de soledad, generando la de pertenencia y creando vínculos; las labores de voluntariado contribuirán a encontrar el propósito que dé sentido a la vida, desarrollando el crecimiento personal; también es una forma de aprender, se desarrollarán cualidades como la responsabilidad, el compromiso, el sacrificio personal, nuevas habilidades y conocimientos que reforzaran la confianza para superar obstáculos; y, entre las premisas más importantes, la satisfacción de aportar algo a la sociedad, sin esperar nada a cambio.
Una teoría que idealiza una labor dura, de entrega a los demás, de horas y horas regaladas a una causa, de frustraciones encontradas en el camino cuando el objetivo no se alcanza, de incomprensión por parte de familiares, parejas y amigos. Una labor, en apariencia, ensalzada por la sociedad, pero, ¿qué ocurre cuando esa ayuda no se presta a otra persona sino a un animal? Una de esas singularidades que distinguen este voluntariado de otros muchos es la falta de sensibilidad social ante la labor de defensa de los derechos de los animales, con muestras de rechazo e incomprensión hacia la labor desarrollada, sin obviar la burla y ridiculización a la que se somete a las personas que la realizan; también, la participación excesiva de unos pocos en los cuidados de abandonados y maltratados que está generando una desazón y desánimo evidente tras muchos años de activismo en los que el voluntario comprueba que la solución no se ha alcanzado, y la sociedad -que le hace responsable y no parte de la solución del problema- sigue dándole la espalda; otra de las características que pesan sobre los hombros de este voluntariado animal es la falta de apoyo de las administraciones públicas que carecen o no contemplan ayudas suficientes para soportar el problema y que provoca un importante quebranto económico al tener que afrontar el voluntario -esa figura que no recibe aportación económica por su labor- los rescates, la alimentación, la atención veterinaria y la búsqueda de un hogar donde acoger a los animales rescatados, cuando no el acumular en sus hogares aquellos que nadie quiere acoger. Incluso, llegando a la ruina económica cuando deciden fundar un refugio y las ayudas no alcanzan para sufragar los gastos que ocasionan el creciente número de habitantes con el decreciente número de medios para atenderlos. Eso sí, las exigencias innumerables de la ciudadanía son algo mayores para estos voluntarios que para las instituciones públicas que son las verdaderas responsables de cuidar y proteger a cualquier ser vivo de su localidad. Las catástrofes visionan la labor de los voluntarios como solución a problemas que ninguna institución podía resolver en tiempo y forma.

Uno de los pilares de la ayuda a los demás es la reciprocidad, el hecho de que al recibir algo a cambio se tendrá una recompensa. En el mundo animal comprobar que la vida de ese ser vivo ha cambiado para siempre será la compensación, pero ¿es suficiente esa gratificación cuando esta dedicación es diaria, continua y sin descanso? La frustración que se sufre por no alcanzar el objetivo de minimizar el abandono y el maltrato, unido al rechazo social y la falta de reconocimiento a su labor, el menoscabo de la economía familiar, el aumento de la familia animal tras cada rescate, y la falta de tiempo para dedicarse al autocuidado provocan un agotamiento emocional importante al no ver una salida para seguir protegiendo a los seres que preocupan.
El autocuidado es fundamental, como fundamental es cada persona que decide cuidar a los demás. Aquí la causa no es lo importante, lo es no mirar hacia otro lado ante aquellos que lo necesiten.