31/12/2016 / 15:11
Antonio Yagüe


Imagenes

Fogones estrafalarios

La semana pasada visité en tierras arriacenses un restaurante vanguardista en un caserón de la época de Leovigildo.


La cocina japonesa, a base de arroz blanco y pescados, goza de creciente popularidad en España. También en nuestra provincia, donde ya cuenta con una veintena de restaurantes. Tiene los ingredientes, arroz blanco y pescados, de una dieta blanda que se suele prescribir ante procesos gastrointestinales, regímenes drásticos u otros males. Puede que ayude a reducir peso. O no, como diría Rajoy. Pero los nipones han sabido, añadiendo exóticos vegetales y salsas, hacer manjares, empezando por el  ‘sushi’ o el  ‘maki’.
    No me disgusta. Ni la comida, también en boga, vietnamita o peruana. Nunca he sido un buen gastrónomo, pero no puedo con los restaurantes que tienen estigmatizada la fabada, los callos, los torreznos, el cordero asado, la tortilla española o los huevos fritos. Ni con tanta mezcla. Uno se atormenta cuando se trata de menús largos, estrechos y enrevesados, que han llegado hasta Molina. Lo más insoportable es que cuando se sirven los platos, mientras la comida se enfría, un chef especie de guía gastronómico describa con pormenores su composición y la forma poco atractiva, a base de manoseos, con la que han sido elaborados.
    La semana pasada visité en tierras arriacenses un restaurante vanguardista en un caserón de la época de Leovigildo y unas cocinas como los laboratorios de la NASA. El autor del menú venía tras cada plato a recabar nuestra opinión y explicarnos el siguiente, su elaboración e ingredientes, algunos bastante raros, que le daban su sabor peculiar, equilibrio ecológico y placer en las papilas gustativas. Llegó la séptima creación antes del postre: gamo de la Sierra de Pela, sazonado con miel de la Alcarria  y leche de burra. “¿De burra? ¿Se ordeñan las burras?”, preguntó mi compañero entre sorprendido y asombrado. “¡Pues, claro! Es la leche en la que se bañaba Cleopatra, ideal para el cutis y para los niños”, contestó solemne el chef. Y nos soltó una erudita perorata.
    No pudimos con aquel pedazo de carne negra y nos marchamos, tras tomar un té,  tan sofisticado que llevaría mucho tiempo contar su proceso. Con la sensación de que nos habían tomado el pelo, sobre todo por el sablazo a modo de factura final.
    “A ciertas edades uno ya no está para exquisiteces, pero tampoco para comistrajos”,  como dice picaronamente mi amigo Salvador.


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