19/05/2018 / 16:34
Jesús de Andrés


Imagenes

Kim Torra

Sorprende la elección de Joaquim (Quim) Torra como presidente de la Generalitat.


Si algo hay que elogiar al movimiento independentista catalán es su manejo de los símbolos, su inventiva continua, desbordando la legalidad constantemente, provocando siempre pequeñas rupturas que, por eso mismo, por simbólicas, parecen tener poca importancia pero tienen mucha. También hay que alabar su imaginación –e iniciativa– en la construcción de marcos interpretativos. La realidad, como bien sabemos, no es algo inmutable, sino que está mediatizada por el lenguaje que la describe, y ahí se ha venido librando también una batalla: la de trazar los términos del conflicto, la de establecer de qué va la cosa (de derecho a decidir, de democracia, de represión…). Cuando uno define el terreno sobre el que se discute obliga al otro a debatir en él, haciéndole perder la iniciativa y posicionarse a la defensiva.
    En buena medida el procés se ha construido en esos dos planos, simbólico e interpretativo, adquiriendo una ventaja que no respondía a la realidad social ni legal, aunque poco les haya importado eso. Instalados en unas dinámicas picarescas, más propias de rufianes, lo importante para ellos ha sido el desafío, la provocación, la puesta en evidencia del rival. De ahí que nos encontremos con que consideran un éxito el fin del 155, es decir, la vuelta a la normalidad autonómica de la que venían. De ahí que los traspiés de la justicia española se celebren como victorias, olvidando el largo proceso penal que tienen por delante, que les condenará a la cárcel o les dejará en el limbo de la huida sin fin. Para el independentismo la realidad es apenas un pequeño detalle a no tener en cuenta. Lo importante es la victoria imaginaria, los pequeños éxitos simbólicos que con tanto ahínco persiguen.
   Sorprende por todo ello la elección de Joaquim (Quim) Torra como presidente de la Generalitat. Por supuesto, la toma de posesión ha sido simbólica, al igual que el viaje en romería a Berlín para rendir pleitesía a Puigdemont. Pero, desde el punto de vista de los intereses del independentismo, es una elección errónea, un enorme traspiés que tendrá grandes consecuencias para su causa. Torra es un ultra. Es un ultranacionalista cuya mentalidad ha quedado plasmada en su obra escrita, en la que defiende a todo canalla que comulgue con el nacionalismo catalán, independientemente de si se trata de fascistas –en sentido literal– o asesinos. Es un ultracatólico, un meapilas sector Montserrat, expresión suprema del nacionalismo catalán. Y es un racista de libro, como los que –al calor de la crisis– han brotado en Europa. Pero Europa tiene memoria y sabe mucho de perfiles como el de Torra. El discurso independentista ha quedado desnudo, ya no engaña a nadie. Nacionalcatolicismo catalán de corte racista o democracia liberal representativa. No hay término medio. Y hablan de franquismo.
 


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