04/08/2017 / 12:45
Jesús de Andrés


Mad Max en la Alcarria

El año pasado fue Guadalajara la protagonista de un vídeo de maltrato animal que fue recogido por la prensa internacional.


Vuelven un año más los encierros por el  campo, el trasiego de toros por la Alcarria y la Campiña, la fiesta entendida en su forma más primitiva. Vuelven las capeas, las corridas de charanga y pandereta, el jalear al que estando más borracho diga la mayor barbaridad, el abroncar al novillero que no se arrima. Vuelven las risas ante el sufrimiento del animal, la arena regada tras la puntilla y el arrastre, la sangre seca en los capotes. Vuelve el ¡eh, toro!, quintaesencia del ser taurino. En agosto vuelven la absurda unión entre la celebración y la crueldad, la brutalidad en estado puro, la fiesta del orgullo paleto.
    Se indignaba Unamuno a comienzos del siglo pasado por el fomento de las corridas de toros –“espectáculo de barbarie”, decía de ellas- y el abandono de la cultura y la educación. Así nos iba, y así nos fue. Sobre el mundo de los toros escribió un paisano nuestro, Ángel María de Lera, la mejor novela de tema taurino que se ha escrito hasta el momento, Los clarines del miedo. La acción se situaba en un pueblo cualquiera de Castilla, en la España de la postguerra, donde dos maletillas, el Aceituno y el Filigranas, con más miedo que hambre, que ya era decir, radiografiaban la cruda inclemencia que todo rodeaba.
    Hoy España, afortunadamente, es otra, pero perviven algunos de sus peores fantasmas del pasado. Algunos defienden el salvajismo amparados en la sacrosanta tradición, pese a que en ocasiones la susodicha tiene apenas unas décadas. Otros lo disculpan desde el planteamiento de la incorrección política, dejando fuera la moral, rechazando despectivamente cualquier pretensión de intentar ser mejores. El mundo contempla horrorizado nuestro exotismo, le produce la misma curiosidad que para nosotros puede tener la violencia ritual de una tribu del Amazonas y lo rechaza como no puede ser de otra forma.
    Esta temporada ya han saltado a la prensa, nacional y extranjera, algunas noticias sobre maltrato a los toros embolados -correbous- en la Comunidad Valenciana. El año pasado fue Guadalajara la protagonista de un vídeo que fue recogido por la prensa internacional. En él, se mostraba al gentío acosando al toro desde vehículos desvencijados, pegándole con un palo o un paraguas desde una barrera de coches destartalados, posiblemente dados de baja hace años, mientras las autoridades, lejos de hacer cumplir el reglamento, miran para otro lado.
    Como en Mad Max, aquella distopía que mostraba una indeseable sociedad futura en la que hordas de salvajes se movían en sus autos agrediendo a todo aquel con el que se encontraban, la provincia se convierte en agosto en una antiutopía. De poco servirán las campañas que hagamos fomentando el turismo literario, la cultura tradicional, el folclore, el arte o la gastronomía si la imagen última que llega fuera es la de unos salvajes maltratando animales para manifestar su hombría o dar rienda suelta a sus hormonas.
 


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