14/04/2018 / 12:01
Antonio Yagüe


Imagenes

Media manta

Es vergonzante el abandono de mayores en vacaciones y 'puentes' en hospitales cuando los consideran un estorbo.


En estos días de debate sobre las pensiones entre políticos, todos dedicados a pescar votos, he recordado un terrible cuento, anónimo o quizá de los hermanos Grimm, que leí de niño sobre un abuelo. Viudo y con los achaques propios de la edad, el anciano vivía con su hijo, su nuera y su nieto, hasta que ella convenció al marido de que no podían tenerlo más en casa y tenía que marcharse.
     El padre habló con el abuelo y éste aceptó irse. Sólo le pidió que le diera una manta para resguardarse del frío. El padre le mandó al hijo que trajera la mejor que tenían. El muchacho, que adoraba a su abuelo, la partió con una tijera y le dio sólo media. Cuando el padre le pidió explicaciones, el joven le contestó que la otra mitad de la manta quería guardarla para dársela a él cuando fuera mayor y le echara de casa. El padre se percató del error, pidió perdón al abuelo y le rogó que se quedara.
    A la falta de respeto de Rajoy y su tropa al enviar a los pensionistas una carta (que costó 1,6 millones de euros) con el vergonzante aumento, se suma el abandono de mayores en vacaciones y ‘puentes` en hospitales cuando los consideran un estorbo. Incluso, en algunos casos, después de haber obtenido la declaración de incapacidad, quedarse su piso y pensión.
    El panorama pinta muy negro para un colectivo creciente, hasta el punto de que empiezan a verse octogenarios con padres centenarios que tienen que convivir en una misma residencia. En Japón, donde los mayores de 65  suman un tercio, dicen que crece el número de ancianos que comete pequeños hurtos para ir a la cárcel, porque es la única manera de tener cubiertas sus necesidades básicas y no estar solos.
     Algunos hablan de crear un partido que aglutine y refuerce sus demandas, tipo ‘panteras grises’. Todos los intentos han fracasado. Y fracasarán ante un trilero como Montoro con demagogas subidas a unos pocos para dividirlos, o el disimulo en el presupuesto de pensiones del pellizco que se queda de su IRPF. Los nipones han insinuado el camino: planificar un atraco antes de que el Estado y los hijos te abandonen en una sala de urgencias o una gasolinera.
 


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