13/11/2017 / 20:23
Jesús Fernández


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Pasión democrática

Quítales todos los privilegios que tienen los políticos por el hecho de serlo, a ver en qué se quedan o cuánto dura su pasión democrática por gobernar.


Como observador y analista de la situación social de nuestro pueblo, me han preocupado siempre dos procesos propios en la configuración de las ideas. Por una parte la polinización o transporte de convicciones  por otra parte, la herencia y acumulación cultural de un pueblo. A ello habrá que añadir los elementos de comunes de cohesión qy realizan la labor de pegamento y unificación. No me refiero sólo a la ortodoxia y rectitud del pensamiento sino también a la rebelión, a la ruptura, a la secesión e independencia, a la contrafirmación de identidad propia. Sería fácil tirar de la explicación de intereses comunes. Es decir, a los grupos, a las generaciones,  a los partidos y a las organizaciones les unen o mueven intereses comunes en la defensa de sus posiciones tanto ideológicas como políticas. Se suele decir que las ideologías ya no mueven el mundo, que la globalización de las culturas ya no explican las diferencias entre los pueblos. Que la integración, emigración  y mestizaje actúa como inseminación cultural. La lucha de clases muy útil en otros tiempos para explicar las mareas sociales tampoco sirve. Pero si la ideología no se contagia ¿qué elementos antropológicos pueden explicar la pasión en los pueblos?
    Quítales todos los privilegios que tienen los políticos por el hecho de serlo, a ver en qué se quedan o cuánto dura su pasión democrática por gobernar. Hay, pues, un componente pasional en todo esto que analizamos y desciframos. No es ideal puro, no es utopía lo que lleva a trabajar por el pueblo. Los gobernantes  no son unos profetas, visionarios o misionarios. Esta evaluación se aplica a todos los líderes ya sean religiosos, ya sean políticos, sindicales, empresariales, nacionalistas, regionales. Una de las críticas que se puede hacer a la democracia es que genera demasiada  autoridad, jerarquía, distancia, superioridad en vez de igualdad y sencillez.
    Y luego está la teoría del encargo, del mandato, de la elección y del rango. El pueblo nos ha elegido, piensan algunos para justificar su alto nivel de vida. Como si el pueblo haya elegido el modelo de su coche, los metros y muebles de su despacho, el colegio de los niños, el ejército de acompañantes, la nómina a percibir. Todos los gobernantes utilizan el concepto de legitimidad  implícita o elección indirecta a su favor. Tenemos una sociedad demasiado “clasificada” donde el pueblo aparece al final de la cadena de derechos aunque le digan que es el principio de la cadena de soberanía popular.
    Lo que llamamos pasión democrática no es más que pasión por el poder y lo único que se contagia y transmite en todas las comunidades es el interés propio frente al interés común, el provecho egoísta frente al altruista. No hay más claves de interpretación del mundo libre y capitalista que el poder y el dinero. No hay autoconvencimiento sino estrategias de plantación, injerto, pertenencia y remuneración. El pueblo tiene que ser dirigido y de eso se aprovechan los líderes creando sus redes de intereses.   
 


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