20/05/2018 / 12:30
Juan José Fernández


Imagenes

Quim Torra, el procés y la que se nos avecina

Torra es un personaje algo atrabiliario, diríase que radicalizado en los últimos años , xenófobo a ultranza, separatista con connotaciones más que chulescas (¿acomplejado quizá?) y admirador de los terroristas de la II República .


Cual elefante en cacharrería
    El anterior y fugado presidente de la Generalitat de Cataluña, Puigdemont, parece haber elegido al sucesor (¿o sólo vetrílocuo?) de insulto más fácil y cara a prueba de bomba que ha encontrado en su provincia de Gerona natal, subsector Ampurdán marítimo, Blanes, dizque Tractoria. Tirando de hemeroteca y de los tuits que por el éter vienen y van, por no hablar de la ejemplar y oportuna selección de Inés Arrimadas en la tribuna del Parlament, nos encontramos con que para el nuevo presidente, Quim Torra i Pla -no confundir, aunque se vea tentado, amigo lector, con el de similar fonética en el nombre de Corea del Norte- los más de la mitad de los catalanes, castellanohablantes ellos, son “carroñeros, víboras, hienas, bestias con forma que viven en Cataluña” (digital El Món, 2012). Respire(mos) hondo, por si acaso. O esta otra perla: “el fascismo de los españoles que viven en Cataluña es infinitamente patético, repulsivo y borde”. De lo que tampoco escapan los del PSC: “pobres, hablan el español como los españoles”. ¡Qué vocabulario! Cual si fuese del fundador de la Asociación de la Palabra Culta y de las Buenas Costumbres. Bendito sea Dios, que diría mi abuela.
    Sin duda elegidas perlas lingüísticas, muchas de ellas repensadas por el que sus colegas  catalanistas consideran ensayista (¡tiembla Ortega!), pero que tienen su equivalente en lo que caletre tan preclaro y de honda finura espiritual piensa del resto de los españoles: “Sobre todo lo que sorprende es el tono, la mala educación, la pijería española, sensación de inmundicia. Horrible”. Sin que escapen a sus elucubraciones antropológico-sociológicas nuestros colegas gabachos ultrapirenáicos, que al parecer tienen medio secuestrada a la Cataluña francesa, tal que el Rosellón, oséase Perpignan y aledaños: “franceses y españoles comparten la concepción aniquiladora de las naciones que malviven en sus Estados”.
    De algunos de estos improperios, y de otros más graves que prefiero no citar por no aburrir, y primero por respeto, traídos a colación por los medios en días pasados, si cambiamos ‘españoles’ por ‘judíos’ y ‘catalanes’ por ‘alemanes’ bien podrían atribuirse a Alfred Rosenberg, el ideólogo nazi y propulsor del Holocausto, o al propagandista Goebbels (que lo propone y lo lleva a cabo). Desde luego: “Los españoles sólo saben expoliar” -otro ‘ramillete espiritual’ del ínclito Torra- parece que guarda algún paralelismo con “Los judíos sólo saben expoliar”, del mismísimo Hitler. Desconocemos si su petición de perdón días atrás (cuando menos, forzada por la coyuntura), invalida estas afrentas gratuitas de antología del oficialmente nominado Molt Honorable. La verdad que cuela poco.
Que el susodicho Torra i Pla ha evolucionado, es evidente. Inicialmente en la órbita del catalanismo moderado de la antigua Unió Democràtica de Catalunya (Durán y Lleida), y tras trabajar en la aseguradora Winterthur, acaba creando una editorial de libros en catalán (básicamente de temática anclada en la primera mitad del XX). Mérito éste que al parecer le lleva a dirigir El Born Centre Cultural, construcción y sostén de independentismo más radical, así como, entre otros méritos para la causa (independentista), donde se planifica la tergiversación de la significación histórica de la Guerra de Sucesión por tierra, mar y aire, activa, pasiva y perifrástica. Ya saben Vds., que nos lo recuerdan en todos los partidos del gran Barça, el inicio de todos los males de Cataluña para todo ‘buen’ catalanista (“evidentemente, vivimos ocupados por los españoles desde 1714”, otro tuit del señor Torra). Y como homenaje concibe la senyera gigante, con medida de 17,14 m -a majadería por día- para celebrar el tricentenario de la derrota de la causa austracista ante las tropas borbónicas; por lo que viene bautizando a dicho lugar como la zona cero del catalanismo. Y eso que, como bien conoce cualquier mediano historiador amateur, incluso los bachilleres no manipulados, el siglo XVIII es el del despegue para Cataluña, motivado en buena medida -talante empresarial aparte, que valoramos muy mucho- por la supresión con los Borbones de las aduanas interiores y la apertura del puerto de Barcelona al comercio con América. La ampliación de los mercados siempre ha llevado prosperidad a Cataluña (y a todo el mundo), aunque eso sea más evidente en el XIX; por no decir en el XX, y hasta 2018. Y que siga.
    En resumen, Torra es un personaje algo atrabiliario, diríase que radicalizado en los últimos años, xenófobo a ultranza, separatista con connotaciones más que chulescas (¿acomplejado quizá?), en línea con el partido fascista Estat Català de tiempos de la II República, y admirador de los famosos terroristas de por entonces, hermanos Badia, que se constituyen para él en los mejores ejemplos del independentismo (como nos ha recordado hace tres días Javier Cercas en El País). Sin la menor experiencia política, ungido por Puigdemont y convertido por decisión del de Berlín-Waterloo en sucesor ‘provisional’, que ni va a ocupar el despacho de su mentor hasta que éste vuelva (otra Parusía a la catalana), y a quien le repugna no ya todo lo que huela a español, incluso francés, sino los mismos catalanes que, como Montilla, otrora presidente de la Generalitat, no tienen a su peculiar criterio étnico el suficiente pedigrí catalanista ya que no nacieron en la catalana terra, ni cuentan con apellidos catalanes desde Wifredo el Pilós; por demás, como dijo hace un septenio, en 2010, porque “aquí no cabe todo el mundo”. Maticemos que salvo excepciones, que no hay excepción sin regla, como los Rufián and company, que a base de groserías antiespañolas ascienden por méritos de guerra; aunque ya veremos que les depara el futuro a estos advenedizos, educados en la escuela más que en el aprecio a Cataluña en el odio a España (como bien saben por Sant Andreu de la Barca, aunque no solo).
    Y ya viene a cuento. ¿Cómo los otrora representantes del catalanismo llamado moderado de Convergencia i Uniò, los Durán y Lleida, Pujol&family, Molins, incluso Mas, la burguesía catalana en conjunto que ha tenido un mercado, más que protegido, cautivo, durante más de ciento cincuenta años, vendiendo a placer, el conde de Godó -grande de España- y su Vanguardia que viene oscilando entre la ambigüedad y el separatismo siquiera por los millones de euros nacionalistas que engrasan sus rotativas, etc., etc? ¿No es suficiente con que unas cuatro mil empresas hayan puesto pies en Polvorosa, que haya perdido la Agencia Europea del Medicamento la ciudad de toda Europa con más méritos, y que lo tenía todo a favor, con una sociedad dividida hasta inconcebibles límites -esperemos que recuperables-, con una deuda de 77.000 millones de euros, que si no fuera por el predicamento exterior del Reino de España (que, por demás, asume los intereses) lastraría cualquier futuro?; y a la postre, fuera de la Unión Europea, donde como dijera en su momento nuestro ministro Fernández Ordóñez, y me gusta recordar, “hace mucho frío”. ¿Es que no hay algún otro epígono, portador de la sensatez de Tarradellas, como el empresario Josep Bou o el genial Albert Boadella, por ejemplo, que anuncie que así el barco encalla en el arrecife de todas todas? ¿Dónde el seny, otrora fecundo y hasta diríase generalizado?
    Desde luego, si los partidos nacionales, Ciudadanos, PP y PSOE-PSC no frenan unidos este guirigay ‘nazionalista’ (con zeta, claro está), este disparate sideral, por no decir locura, de inmediato, el desaguisado de quien preanuncia que sólo hará caso a lo que le dicte un Parlament nutrido de demasiados descerebrados, mediando al tiempo la creación de instituciones paralelas al margen de la ley, el desastre está cantado. Delenda est Catalunya. Lo están propugnado, tacita a tacita. Al tiempo.

De aquellos polvos vienen
estos lodos
Permítaseme, no obstante, rematar con algunas pinceladas históricas que, entiendo, en algún modo explican esta deriva hacia la sinrazón, y a las que no hemos sabido valorar en la justa medida de sus connotaciones racistas. Puede que, en parte, la explicación de la extremada virulencia del separatismo y sus tintes supremacistas ad infinitum, que alcanza cotas de paroxismo a partir de 2012, tenga alguna explicación plausible en el intento de contrarrestar a una justicia que pisaba ya por entonces los talones a los ‘pujoles’ del 3 % y de otras mordidas diversas de dinero público (fer pais). Así reaccionaba, entre irónico y chulesco, el patriarca Jordi frente a quienes investigaban el desfalco: “¡Qué coño es eso de la UDEF!”. Lo que no cabe duda es que el microbio nacionalista, hibernado algún tiempo, ha ido invadiendo de tal modo el tejido social catalán tras Tarradellas, gracias al control de la educación, del dinero y del orden público por los nacionalistas, y más que nada por la imposición por las bravas de la lengua catalana mientras se desterraba al español (lengua de charnegos), de modo que a día de hoy su descabezamiento resulta una tarea más que ardua para un Estado que ha hecho dejación absoluta de sus funciones. Y menos mal que a la postre -celebremos que la naturaleza es sabia- surgieron tanto Ciudadanos como Sociedad Civil Catalana, rodrigones de un despertar y esperanza de integración, solidaridad y españolidad, que no anticatalanidad.
    Ceñidos al siglo XX, podríamos espigar en las opiniones de algunas lumbreras catalanistas, por las que, por entregárselas a sus alumnos, el profesor Francisco Oya ha sido expedientado por concluir que los catalanes no son una raza superior. Ciñámonos a dos, Pompeu Gener y Jordi Pujol, primero y último antes de la llegada de la estrella Quim Torra. Para Don Pompeu Gener, antes Pompeyo: “En España, la población se divide en dos razas: La aria, del Ebro al Pirineo; y la que ocupa del Ebro al Estrecho que, en su mayoría, no es aria sino semita, presemita y mongólica. No podemos sufrir la preponderancia de razas inferiores”. Aunque más chusco es lo que opina de Madrid y los madrileños: “Hemos dicho que en Madrid no puede prosperar la ciencia y vamos a probarlo”, lo que justifica precisando que en la capital no hay presión atmosférica (mucha altura), es decir poco oxígeno y vegetación. Y “una atmósfera pobre de oxígeno y falta de presión -añade don Pompeyo- es poco favorable para la perfecta oxidación de la sangre y, por consiguiente, para la renovación de nuestros elementos histológicos, en especial los del sistema nervioso”. ¡Y que el Nobel se lo dieran a Ramón y Cajal!, tarados suecos.
    Y qué decir del ensayista y antropólogo de postín, esposo de doña Marta Ferrusola: “El hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico. Es un hombre destruido (…) es, generalmente, un hombre poco hecho, un hombre que hace cientos de años que pasa hambre y vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual. Es un hombre desarraigado, incapaz de tener un sentido poco amplio de la comunidad. A menudo da pruebas de una excelente madera humana, pero de entrada constituye la muestra de menor valor social y espiritual de España. Ya lo he dicho antes: es un hombre destruido y anárquico. Si por la fuerza del número llegase a dominar, sin haber superado su propia perplejidad, destruiría Catalunya. E introduciría su mentalidad anárquica y pobrísima, es decir, su falta de mentalidad”. Palabra de Jordi Pujol.
    Claro que el Diccionario Biográfico Español, de la Real Academia de la Historia, en el que tuve el honor de colaborar años atrás, con biografías de personajes tanto catalanes como andaluces, incluye 4.514 andaluces, frente a 3.029 madrileños y 2.985 de Cataluña. Y eso que los andaluces, son ‘anárquicos, destruidos…la muestra de menor valor social y espiritual de España’. Me temo que en su obcecación valorativa antiandaluza -lo que viene a ser antiespañola-, tanto el antropólogo Pujol, como el ensayista Quim Torra, sigan incluyendo también a Inés Arrimadas. Y es que no hay más ciego que el que no quiere ver. Me temo que tenemos procés para largo. ¡Quod erat demostrandum!


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