25/11/2017 / 13:01
Emilio Fernández Galiano


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Se asoma la 'pertinaz'

Hay muchos políticos que se empeñan en intentar cambiar el pasado porque, simplemente, no les gusta.


El porcentaje de agua en el ser humano se encuentra en torno al 60%. Respecto a nuestro planeta tierra, alrededor de un 70%, si bien la mayoría de ésta es salada. El preciado líquido elemento es principal en la mayoría de las formas de vida. El agua, en definitiva, es la materia más importante de la naturaleza. Como en otros muchos ámbitos, sólo la valoramos cuando empieza a escasear.
    Nuestra península ibérica padece de forma cíclica este fenómeno. Según los expertos, cada 10 o 12 años, dos de ellos son especialmente secos, con escasas precipitaciones. De ahí que esta situación nos resulte bastante familiar, incluyendo el término “pertinaz” con el que la acompañamos.  Dicha expresión se remonta a los primeros años del franquismo y se asocia indefectiblemente a la construcción de pantanos. Parece innegable que la puesta en marcha de muchos de ellos durante el franquismo ha beneficiado el almacenamiento de agua para su uso y consumo.       También es cierto que muchos de los pantanos se construyeron para obtener energía eléctrica que, con los años, fue sustituyéndose por la generada por las nucleares. El hecho incontestable es que desde los años 50 a la Transición  la capacidad embalsable aumentó de 4.000 a 40.000 hectómetros cúbicos (hm3). En la actualidad, de 55.000 hm3, según el ministerio de Medio Ambiente.
    La escasez de agua alimenta los sentimientos menos solidarios del ser humano, como de cualquier bien escaso. La ausencia de un Plan Hidrológico Nacional (Aznar lo tuvo encima de su mesa siendo presidente de Gobierno, con el apoyo de todas las cuencas y comunidades de regantes e, inexplicablemente, no lo aprobó) genera además mucha más polémica a un problema que ciertamente asusta cuando se empieza a padecer en muchas de sus vertientes. Si a esto le añadimos el componente político ligado al franquismo, con el palabro hemos topado, obtendremos el cóctel perfecto para agitar al personal.
    Hay muchos políticos que se empeñan en intentar cambiar el pasado porque, simplemente, no les gusta. No hablo ni deseo hacerlo de si ese pasado fue así o asá, hablo de que, simplemente, pasó. Y salvo para los guionistas del Ministerio del Tiempo es imposible cambiar el pasado. Otros más avezados se conforman con borrar o quitar testigos de ese pasado. Porque no se empeñan, pero podrían proponer también la eliminación de las pirámides al ser construidas bajo la autoridad inmisericorde de los faraones.
    Como la pertinaz sequía, cíclicamente vuelven los mismos a intentar revisar el pasado y proponer cambios de nombres a las calles, arrinconar esculturas o esconder obras de arte. Son muy pesados. Menos revisar y más proyectar, incluso pantanos. Es mejor mirar hacia delante en lugar de mirar tanto hacia atrás, no vaya a ser que se peguen un buen coscorrón con una estulticia en mitad de la acera.


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