07/09/2017 / 19:29
Marta Velasco


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Septiembre

Ahora que ha llegado septiembre, vamos despertando del sueño veraniego y nos reincorporamos a la realidad.


Te adormeces un poco con el ferragosto y en un suspiro se te aparece septiembre, con olor a membrillo y sol de miel. Carpe diem, decían los latinos que eran muy avispados. Y eso hemos hecho en agosto, aprovechar el momento para viajar, comer fuera de casa y adquirir conocimientos inútiles que, según opina Bertrand Russell en su Elogio de la Ociosidad, contribuyen a la alegría del hombre, sea trabajador o rentista. Esos conocimientos superfluos – cuántos humores intervienen en la melancolía, la procedencia del albaricoque o en qué bar de la zona tiran mejor la cerveza – y unas reglas básicas de buena educación son el equipaje imprescindible para un caballero feliz. Y quien dice caballero, dice señora.
Así, siguiendo los dictados de Russell, me he esforzado en olvidar la plancha semanal y otros trabajos alienantes, me he ido de viaje y he aprendido muchas curiosidades, como por ejemplo qué es un pato mudo, un viburnum o un longueirón, y que los jureles son feos como cuervos asados, pero están muy buenos a la brasa. Estas curiosidades, lo crean o no, te alegran el alma y te distraen la mente de las penas que se pueden tener incluso en verano.
    Los viajes son una de las cosas más estupendas de la vida. Antiguamente sólo viajaban las gentes de gran posición o los vagabundos. Los vagabundos iban de un lado a otro como pollo sin cabeza, buscando el horizonte, una mujer a quien amar y un pajar donde dormir con ella.  Los viajeros acaudalados en cambio, fascinados por el mundo clásico, inventaron el Gran Tour, pasando largas temporadas fuera de su casa. Viajaban con familia y criados, se integraban en la alta sociedad y escribían sobre los países que habían conocido, como los Durrell en Corfú y Alejandría, Pierre Loti en Estambul o Paul Morand en su gran villa de la ribera del Brenta, que acabó deslumbrando con un libro como Venecias. La lectura de los maravillosos relatos de viajes escritos por auténticos viajeros –   desde Marco Polo a Stevenson, Duras, Hemingway, Pla, Greene, Saint Exupéry, Camba, Manu Leguineche, J. Reverte, Morató, W. Allen, Bowles y un largo etc. -  es lo que nos ha obligado a abandonar el nido y volar a conocer esos paraísos que creíamos inaccesibles para los mortales de la clase media, hoy llamados turistas.
    Por fortuna, para los que amamos la itinerancia y andamos cortos de liquidez existen viajes de bajo costo que nos permiten conocer el ancho mundo. Y, para los más osados, siempre nos quedará el IMSERSO, una verdadera aventura en la tercera edad, nunca se sabe si vas a volver a ser el que fuiste antes de salir de casa tras la experiencia inefable de los bailes en fila.
    Ahora que ha llegado septiembre, vamos despertando del sueño veraniego y nos reincorporamos a la realidad. Se acabó el descanso y la falta de horario y volvemos a ver los telediarios.  Ayer pregunté a mi hijo qué le parecía septiembre y me contestó contundente: “Pues un  asco, madre, qué quieres que te diga”.
     Lo lamento por él y disiento:  septiembre es un mes luminoso, alegre, lleno de cine, exposiciones y reencuentros agradables, y cruzo los dedos para que esta rentrée sea el comienzo de muchas cosas buenas. Au revoir.


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