09/06/2018 / 11:56
Jesús de Andrés


Sin perdón

No basta con pedir perdón a las víctimas (sean del terrorismo, de la pederastia eclesial o de la corrupción), es necesario saldar las deudas con la justicia.


edir perdón no es nada fácil. El ego, ese detestable ser que todos llevamos dentro, ayudado a veces por la vergüenza o la torpeza, nos impide a menudo pedir disculpas o aceptarlas. Nada es más humano que cometer errores y nada es más normal que nuestros yerros u omisiones generen malestar o perjudiquen a otras personas. En una relación entre dos personas es básico, cuando algo así ocurre, reconocer que hemos errado, anteponer la relación al equívoco.
    Más complicado es, sin duda, pedir excusas cuando se trata de actos colectivos, cuando los hechos no afectan a dos personas del singular sino que conciernen a grupos humanos amplios. Cuando de organizaciones o sociedades se trata, es difícil delimitar quién pide perdón y por qué, y a quién le llega. En un país de tradición católica como el nuestro, donde la cultura de la confesión y el perdón de los pecados está grabada a fuego, asistimos cada poco tiempo a peticiones en ese sentido. No parece, sin embargo, que estas peticiones de perdón colectivo sean lo más indicado ni que sirvan para gran cosa. Cuando un gobierno o uno de sus miembros comete un ilícito, no se resuelve su responsabilidad pidiendo disculpas sino dimitiendo y aceptando, en su caso, las cargas penales que su acción pudiera tener. De poco sirve, de igual forma, que los terroristas pidan o dejen de pedir perdón por sus crímenes, lo importante es que sean condenados por sus delitos y paguen efectivamente por ellos.
    Juan Ignacio Cortés acaba de publicar un libro en la editorial San Pablo, Lobos con piel de pastor, que pone los pelos de punta. En él investiga la pederastia en España por parte de miembros de la Iglesia Católica. Se trata, como puede imaginarse, del relato de una brutalidad mantenida en el tiempo, de una historia terrorífica, como él mismo aseguró en una entrevista en Nueva Alcarria. Sorprende que la reacción siempre haya sido la misma: intentar tapar el problema, ponerse a la defensiva e intentar pasar página. No es algo nuevo en la Iglesia, envuelta en miles de casos en todo el planeta. Hace tan sólo unas semanas que todos los obispos de Chile (¡todos!) presentaron su dimisión por encubrir lo ocurrido. Tras la presión del Papa, a quien dejaron en evidencia con sus mentiras, optaron por dimitir, pero no por personarse en los tribunales y aportar toda la información que poseen. Se pide perdón y con eso se pretende dar por resuelto el problema. Pero no. No basta con pedir perdón a las víctimas (sean del terrorismo, de la pederastia eclesial o de la corrupción), es necesario saldar las deudas con la justicia y, además, articular protocolos de actuación para que nada igual vuelva a ocurrir. Es importante pedir perdón cuando de nuestra vida particular se trata, pero para los delitos no hay perdón que valga.
 


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