30/09/2011 / 00:00
Manuel Martínez Forega


Sobre el río Cabrillas


 
  
   El río Cabrillas, uno de los pocos ríos prístinos que quedan en nuestra geografía, proverbial vivero de truchas, hábitat cuya pureza ha sido axiomáticamente ponderada, ha sufrido —a consecuencia de la inclemente climatología de los últimos meses— una drástica sequía en un tramo de siete kilómetros (desde su paso por Megina hasta los molinos próximos al puente de piedra de la carretera autonómica).
 
    La mortandad de alevines y truchas adultas se cifra en torno a diez mil ejemplares, pero es éste un cálculo optimista mientras el daño, exponencialmente, es incalculable. La trascendencia de este “accidente” debe considerarse no sólo desde el hecho en sí mismo, sino —y sobre todo— desde la nula responsabilidad mostrada por las autoridades administrativas. El río Cabrillas se encuentra dentro del Parque Natural del Alto Tajo, espacio, pues, de especial protección de todos sus hábitats.
 
   La Administración debería haber previsto esta contingencia; los agentes medioambientales destacados en esa zona deberían haber advertido de la situación del río y proponer la necesarias medidas preventivas. Nos consta que, de facto, esa advertencia se hizo por parte no sólo de un agente medioambiental, sino también por algunos pescadores que transitaban por las inmediaciones. El aviso se remitió a la dirección del Parque Natural y a la sección de caza y pesca de la Delegación de Agricultura de Guadalajara; sin embargo, se desoyó cuando la catástrofe aún podía haberse paliado en buena medida.
 
   El hecho sustancial es que, estadísticamente —y debido a las especiales características del curso del río en ese tramo—, este fenómeno se produce cíclicamente en parecidas condiciones climáticas; es decir, que la Administración disponía de datos previos; sabía que podría ocurrir y no hizo nada. La primera conclusión es que ha existido un fallo en cadena producto de la impertinente y ya vieja incuria que soporta esta zona del Alto Tajo y que la Administración no puede escurrir el bulto.
 
   Es, concluyentemente, culpable. Y la gravedad es mayor cuando, por las especiales características del Parque Natural, se cuenta —o debería— con más y mejores medios técnicos y humanos. Pero lo que viene ya siendo “natural” en la actuación de la Administración autonómica en el entorno del Alto Tajo (y es ésta la conclusión segunda) es una sistemática falta de guardería, hecho oportuna y reiteradamente denunciado por activa y por pasiva, por particulares y por sociedades deportivas sin que se haya hecho nunca el menor caso. Si los medios con que se cuenta están destinados en su inmensa mayoría a prevenir los incendios, la incuestionable bondad de esta profilaxis no debe desviar la atención que con igual rigor merece la vigilancia de nuestros ríos.
 
   El caso presente del río Cabrillas es una muestra de que hay veces (muchas ya) que el bosque no nos deja ver el árbol y, desde luego, es una prueba determinante de que la vigilancia sobre el río es nula, lo prueba de forma irrefutable el que nadie moviera un dedo teniendo conocimiento del extremo peligro que corría el río Cabrillas en una situación como la que se ha producido. Responsables los hay, eso es seguro, y también sabemos dónde están. Es nuestra obligación exigir que den la cara y a la jerarquía correspondiente exigirle medidas correctoras que depuren la responsabilidad en este tipo de desmanes que deterioran nuestro entorno de forma irreparable.

    

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