10/09/2018 / 20:10
Jesús Fernández


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Teoría de la clase ociosa

La clase ociosa, la clase política no se conforma con vivir bien en la oscuridad, en la privacidad sino que tiene que exhibir su grandeza, poderío y riqueza ante los demás.


La antropología o estilo de vida de los hombres está presente en toda la sociología  y la política de hoy. La Europa industrial del siglo XX, dirigida por la democracia cristiana, dejó una situación  de bienestar y prosperidad en todo  el continente de tal forma que el problema de Europa hoy no consiste en gestionar el paro sino el ocio. Vivimos en una sociedad del ocio como ha resaltado T. Veblen (1857-1929)  con su teoría de la clase ociosa. Dicho de forma coloquial y sencilla, la economía actual no se basa en la producción industrial masiva sino en el predomino del sector servicios. No vivimos en  un capitalismo privado  sino en un capitalismo estatal. ¿Quién paga hoy los servicios llamados sociales que creemos gratuitos? Los ciudadanos con sus impuestos. Todo es servicio social, la educación, la sanidad, la defensa, la seguridad, la pobreza energética.

Nunca pensé que en democracia se iba a romper la ecuación dialéctica, los vasos comunicantes  entre economía y política. Pensábamos que  la acción política estaba al servicio de un crecimiento y bienestar económico de la sociedad. Sin embargo, hoy día a los profesionales de la política, a los dirigentes sectarios de los partidos les importa muy poco la situación de pobreza o de bienestar de la población como argumento democrático y parlamentario. Ellos calculan sus perspectivas electorales, persiguen sus intereses llamados “políticos” (identidad, luchas partidarias, supremacía, poder, ingreso y reparto de recursos económicos, amiguismo) que son económicos particulares sin tener en cuenta la situación del pueblo. Más aún, a algunos les interesa más la inestabilidad que la seguridad jurídica  que brota de la Constitución. 

La clase ociosa de T. Veblen son los políticos pues responden a los parámetros antropológicos de la lucha entre el poder y la gloria. La acción política no se entiende sin la psicología de las personas y de las instituciones. El impulso de la competencia y de la victoria sobre los demás, la supremacía y el predominio en el poder y las decisiones forman parte de la esa personalidad que llamamos política. La hostilidad es la principal dimensión del político de hoy. La búsqueda del bien común, el servicio a los demás, la preocupación por los pobres, la disposición a la renuncia, al sacrificio y a la sencillez de vida, el altruismo, quedan muy lejos de sus preocupaciones. Todo esto rodeado de una gran remuneración pecuniaria que hacen que la competencia por ganar el que más, sea un objetivo político. Paralelamente, la clase ociosa, la clase política no se conforma con vivir bien en la oscuridad, en la privacidad sino que tiene que exhibir su grandeza, poderío y riqueza ante los demás. Forma  parte de su triunfo el gastar y consumir cosas superfluas, o sea, el derrochar. Si no derrochan no parecen ricos, no parecen triunfadores. Por ello, buscan el privilegio y la exención. Están reivindicando constantemente el honor cuando viven en la corrupción y en la mentira de ideales.


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