Timos celestes

04/03/2017 - 13:58 Antonio Yagüe

Recuerdo de niño el 21 de julio de 1969 cuando Armstong puso un pie en la luna.

Dicen los sabiondos de la Real Academia que timar es “engañar a alguien haciéndole albergar falsas esperanzas”. Desde que el mundo es mundo, han sido tantos los timos que no cabrían ni en la Enciclopedia Británica. El penúltimo, gordo y en toda regla, viene revestido de “gran logro de la ciencia” por parte de la NASA, para mantener sus sustanciosos presupuestos, o del propio Trump para elevar el ánimo de su tropa: el descubrimiento de siete exoplanetas “habitables” en una estrella “cercana”.
    Es de cajón que los miles de millones de estrellas del universo tienen que tener millones de planetas orbitando y miles de ellos similares al nuestro y, por tanto, albergar vida. Pero, ¿de qué nos sirve si no somos capaces de instalar una minibase en la Luna, enviar una nave tripulada a Marte o siquiera una sonda que aterrice en satélites de nuestro sistema solar como Europa o Titán, con posibilidades de tener vida y regresar con muestras a la Tierra.
    Nos dicen que los planetas extrasolares descubiertos están a “sólo” 40 años luz, como si fuera a la vuelta de la esquina. Ocultan que enviar una nave no tripulada duraría 75.000 años. Solo de ida. La velocidad máxima a la que se puede viajar (teóricamente) es la de la luz (300.000 Km. por segundo). Pero  la más veloz de las sondas, la New Horizons, apenas ha alcanzado 16 kilómetros por segundo en su reciente viaje a Plutón y ahora camino hacia el espacio profundo. Una quimera.
    Recuerdo de niño el 21 de julio de 1969, cuando Armstong  puso un pie en la Luna. Algunos agricultores de Mochales que seguían el evento desde la televisión del tío Rafael, única en el pueblo, comentaban con el escepticismo de estas tierras: “Y eso, ¿servirá para algo?” “Puede ser –advertían- una engañifa. Se han subido a algún cerro, luego bajan con unas cuantas tobas y dicen que son lunáticas”.
    No les faltaba razón. Ni a tantos antepasados y contemporáneos del Señorío, escamados tras promesas celestes a principios del siglo pasado como el ferrocarril cruzando Molina por los Adarves con dirección a Milmarcos. O ya en este siglo, con la construcción de un majestuoso parador o una autovía desde Alcolea a Monreal del Campo. Timos romanonescos, barrerescos o cospedalescos. De ayer y hoy.