25/12/2017 / 12:03
Lara de Tucci


Tras la Navidad perfecta

Comprobamos cómo desde cualquier asociación  y desde toda institución sean de la naturaleza y actividad que sean y tengan el rango que tengan, los gestos de caridad y de compromiso no paran de sucederse.


Es innegable que la Iglesia ha apostado en estos últimos tiempos por la opción de los pobres de una forma más significativa. Las crisis humanitarias, las guerras, los desplazados y refugiados (y eso en esta época, donde los avances tecnológicos y sociológicos forman parte de un desarrollo sin freno) e, incluso, la violencia de género en nuestro país están  ocasionando una serie de reacciones que años atrás ni se conocían. Y quizá fuera por falta de consciencia, pues las desventuras humanas no llegaban a nuestro conocimiento tal y conforme lo hacen hoy; con los medios de comunicación dándonos toques de atención e indicándonos, cada uno a su manera, que todos somos hijos del mismo Padre y que las insultantes diferencias entre hermanos no tienen razón de ser en modo alguno.
    De ahí que, desde las altas esferas eclesiales y desde la política misma vaticana, pasando por los obispados, insistan en concienciarnos para qué la igualdad sea el referente que nos caracterice a los creyentes y no creyentes; y más en fechas como las de estos días de Navidad, en las que conmemoramos que el mismos Dios se hizo hombre como nosotros. Por eso el voluntariado está en auge y no cesan de surgir ONGs que aglutinan en sí mismas los ímprobos esfuerzos que requieren en sus estructuras bienhechoras.
    Y siendo la Navidad una fecha entrañable que despierta en unas semanas apreciables sentimientos de solidaridad y dejando a un lado las ya afamadas Manos Unidas y Cáritas. Comprobamos cómo desde cualquier asociación  y desde toda institución sean de la naturaleza y actividad que sean y tengan el rango que tengan, los gestos de caridad y de compromiso no paran de sucederse; recogiendo alimentos, ropas, juguetes y otros artículos de esos que sirven para paliar las carencias y necesidades de los más desfavorecidos de nuestro mundo supersatisfecho de todo; incluso de aquellos artículos que no son necesarios y que únicamente sirven para darse caprichos, y no únicamente en Navidad, sino también fuera de fechas tan acertadamente señaladas en el calendario para acercarnos el acontecimiento más grande que vieron los siglos.    
    Pero no obstante todo ese aparato aleccionador que desde la Iglesia, principalmente, se nos muestra para ser solidarios. No obstante también desde los ejemplos de servicio como tantas agrupaciones y movimientos de voluntarios para volcarnos con los desafortunados de cualquier naturaleza y con aquellos que viven lacerantes desventuras. No obstante todo eso, digo, parece que los problemas del mundo, antes que corregirse como persiguen los grandes empeños de solidad; lo que hacen es aumentar en magnitud y proporcionalidad: los pobre se multiplican, los sin techo van en aumento, los marginados forman parte de cualquier comunidad, los desposeídos de la justicia social, las víctimas de las guerras y de la violencia de género no paran de estremecernos y movernos a compasión, etc. Argumentos y hechos contradictorios que cuando nace el Niño Dios y cuando llegan los Reyes Magos nos provocan ciertos desánimos para entregarnos a esas celebraciones evangélicas con la plenitud de ánimo que en sí requieren de nosotros. Confieso que soy católico practicante y confieso humildemente que soy un inculto en Teología (por cierto, San Juan Pablo II puso muy en duda la Teología de la Liberación, y desde entonces poco se habla de ella). Pero al confesar aquí eso que digo, me planteo una interrogante  acerca de si se está dejando a un lado la práctica bíblica en su conjunto; esa actividad,  sine qua non, el mundo irá a la deriva, ya que sus enseñanzas no nos parecen nada idóneas para arreglar los enormes errores en los que incurrimos en la sociedad de hoy.
    Uno solo de los cuales vale para calificarnos de tremendamente irresponsables: la destrucción de la familia, ente cuyas graves consecuencias podemos citar, ahora que estamos en Navidad, el desconcierto en el que viven y crecen muchos niños cuyos vínculos familiares están tremendamente rotos. Por eso hay que concluir quizá (?) que en las enseñanzas bíblicas, con los Diez Mandamientos como nomas acertadas, las más acertadas para la convivencia humana, encontraríamos las fórmulas más apropiadas para reedificar las maltrechas condiciones de gran parte de la humanidad. Lo que quiere decir que los Diez Mandamientos si se cumplen por todos ahorrarían muchas más desdichas que todas la ONGs juntas. Seguro que sí, y la Navidad nos anima a ello.   
 


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