01/01/2018 / 12:37
Jesús de Andrés


Imagenes

Vida nueva

Con el año llegan las recapitulaciones, las tentativas de cambio, las tomas de decisiones.


Borrón y cuenta nueva, el marcador se pone a cero. Se limpia la pantalla y nuevas metas, nuevos objetivos, se presentan ante nosotros. El inicio de un nuevo año supone siempre el ensueño de un tiempo renovado, de una etapa que se abre, de un futuro por descubrir. Un año no es más que una convención social que, desde que la ciencia sustituyó a la superstición, pretende medir el tiempo que tarda la Tierra en dar la vuelta al Sol. Repetida año tras año, realidad reiterada durante siglos, la ilusión del año nuevo se ha convertido en una costumbre que aleja la incertidumbre alimentando la idea de que algo muere y algo comienza, en un ritual repetido, en una especie de reencarnación perenne y purificadora a la vez. La nochevieja se torna en un rito que actúa por nosotros, en el que nos instalamos cómodamente. La cena, las uvas, el fetichismo que demanda suerte, las felicitaciones, los brindis, los buenos propósitos: un eterno retorno que proporciona la seguridad de hacer lo que corresponde, lo que se ha hecho siempre, de completar la senda trillada que llega a su fin el 31 de diciembre para iniciar otra, limpia y sin estrenar.
    Es tiempo de hacer balance de lo bueno y de lo malo, de realizar recuento de las ausencias, de sentir el dolor por la pérdida. También es tiempo de anhelos, de negociar arreglos con uno mismo a cambio de pequeñas dosis de voluntad: hacer ejercicio, adelgazar, mejorar el inglés, dejar de fumar… Propósitos que casi siempre se olvidarán en cuanto regrese la rutina. Una meta sin un plan es sólo un deseo, decía Antoine de Saint-Exupéry, quien tanto sabía de sueños y realidades, y las más de las veces los deseos se pierden en la inacción. Es tiempo de darnos nuevas oportunidades, de dejar atrás el miedo a lo desconocido, de asumir ese tiempo nuevo como si realmente lo fuera, como si –al igual que el poeta– llegáramos a él ligeros de equipaje y no cargados con pesados equipajes acumulados a lo largo de toda una vida. Es hora de ser mejores, de olvidar los agravios, de no enfadarnos, de no preocuparnos por lo que no tiene solución, de evitar la crítica gratuita, de sonreír y tener paciencia.
    Al echar las cuentas y calcular el haber y el debe del último año, que suele ser resumen acumulado de nuestra vida, hay que tener presentes nuestras limitaciones y ser piadosos al juzgarnos. Basta un instante para hacer un héroe pero se necesita una vida entera para hacer un hombre de bien, dijo en su día Paul Brulat. No pretendamos ni lo uno, pues no depende de la voluntad, ni lo otro, pues requiere de más tiempo que un balance anual. Con el año llegan las recapitulaciones, las tentativas de cambio, las tomas de decisiones. Ojalá que todas ellas vengan acompañadas de amor y perdón, los dos requisitos indispensables para encontrar la paz. Feliz año nuevo.
 


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