José Luis Abajo 'Pirri' le pone bronce a la medalla cien de España

01/10/2010 - 09:45 Hemeroteca

Por: EUROPA PRESS
Juegos Olímpicos/ Esgrima
“Tenía que ser a vida o muerte”. Lo dice el segundo medallista español de estos Juegos, el madrileño José Luis Abajo (30 años). Bronce en esgrima. En duelo con el húngaro Gabor Boczkko. Con la medalla número cien del olimpismo español en juego. Con empate a siete ‘tocados’ y el cronómetro al borde de la bocina hizo un tocado, la estocada perfec
Tanto tiempo de espera para el único deporte del programa olímpico que nació en España, país de capa y espada. El viejo sonido de escaramuza que escalofriaba las calles de la Castilla empedrada.
El tirador madrileño, alto, rápido y brusco, enredó a su rival. Como cuando la espada no era un deporte: sólo cuestión de vida a muerte. A un tocado. Al pecho. Y no salió sangre, sino bronce. Media hora antes de la final, Abajo había entrado al vestuario arrastrando hasta el apellido. El italiano Matteo Tagliariol, el nuevo talento de la esgrima, el vencedor del torneo olímpico, le había noqueado. Tagliarol es de guardia alta, de muñeca eléctrica. Dibuja garabatos cortantes en el aire a la velocidad del parpadeo.

Abajo es otra cosa: bravo. El arrojo. Sin miedo a la espada contraria. Empezó ganando esa semifinal y la acabó perdiendo. La espada es la modalidad más táctica de la esgrima. Una especie de ajedrez mezclado con las artes marciales. El italiano dio jaque mate: 15 tocados a 12. En la otra semifinal, el francés Jeannet -plata al final- acabó con Boczko. Abajo entró laminado al vestuario. Nunca antes había podido batir al húngaro, su retador en la lucha que le quedaba, la del bronce.
Abajo apareció con el voltaje anímico a tope. Punta y talón al dar el paso. De perfil, para quitarle diana al rival. Espada en mano. Como conoció a su padre, militar y esgrimista. Código de honor. Dicen que la esgrima es fácil: tocar y que no te toquen. Para redondear esa breve frase, los tiradores pasan años delante de un espejo. Danzando. El duelo ante Boczko arrancó mal: 0-2 para el húngaro, la vieja escuela europea. “En guardia”, decía el árbitro. Sudaban bajo la rejilla negra, también de kevlar, impermeable a las estocadas. Sin sangre; sólo gotas de sal. Abajo echó hacia delante: 3-3. Y luego 6-6 y 7-7. Se acababa el tiempo. Antes de cada combate, por sorteo, se decide a quién beneficia el empate. El azar había apostado por Abajo. Al húngaro sólo le quedaba buscar la última estocada. Como a Jaime de Astarloa, el maestro que vivió siempre tras ese golpe perfecto. “Gabor quería forzar mi error”. Lo notaba. Usó la táctica, el ajedrez. Esquivó. Y cuando, ya al borde del final, el húngaro se lanzó, Abajo sacó su mano. Una filigrana. Instintiva. “Ni sé lo que he hecho”. Tocar al húngaro. Tocar bronce. El primero de la esgrima. La medalla cien de España.