Pascu se exhibe ante el colista
10/11/2013 - 17:00
Sin tiempo para sentarse en los asientos, Xabi Blas dispuso de la primera gran ocasión. El media punta, solo ante el portero, prefirió dar vidilla al rival. Cinco minutos después era Miguelón el que, por segunda vez, perdonaba al Zona 5. Pero a la tercera, llegó la vencida. Pascu sacó el frasco de las esencias para dejar con la boca abierta al San Miguel, que no sabía si cantar el gol o reírse del descaro del 10 rojinegro. No en vano, su centro-chut desde el córner se coló irremediablemente por la escuadra de Roberto. Era el minuto 15 y en el 19, no contento con el golazo anterior, el azudense asiste a Esaú para que defina raso y cruzado. El éxtasis llegó apenas tres minutos después. Los protagonistas, los mismos. Pared espectacular entre un bosque de piernas manchegas y vaselina sublime del mago. Ese debió ser el momento en el que Mora Correas debió pitar el final del partido. Hubiera sido el final perfecto y hubiera evitado el aburrimiento de la grada. Y es que, la superioridad era tal hasta el Azuqueca se relajó y se dejó llevar. Algo no muy habitual en un equipo de Miguel López. Pero ni con esas el Zona 5 consiguió inquietar a los locales, a pesar de algunos intentos alocados y con poco fundamento que se perdían muy lejos del arco de Javi Alonso. A todo esto, Xabi Blas se había lesionado durante un sprint.
La segunda parte dio paso a un choque que, por momentos, tuvo tintes violentos. La impotencia pesaba en la balanza visitante y las acciones duras se sucedían. Su culmen, la expulsión de Davia en el 54. El motivo, un plantillazo a Charly en el centro del campo. El duelo se encendía y José Luis Fuentes, técnico del Zona 5, decidió mover ficha y evitar más problemas. En el minuto 65 sustituyó a los tres jugadores con amarilla, a la par que los más conflictivos, que tenía en el césped. Tras los cambios, Pablo Jiménez hizo el 4-0. Un premio para un partido brillante del centrocampista rojinegro. Aunque hay que reconocer el mérito de Esaú en la jugada del gol en la que empleó sus mejores virtudes: proteger el balón y dar salida a sus compañeros. Poco después, Pablo Jiménez pudo hacer un doblete después de meterse hasta la cocina. Pero su disparo, a un metro del portero y sin apenas espacio por dónde meterlo, dio al muñeco. Y sí, han leído bien, digo muñeco porque, si no llega a ser por los saques de puerta, Roberto parecía estar de adorno.