04/08/2017 / 12:47
Javier Sanz


Imagenes

Cristiano

Si Montoro tuviera alma ya le habría perdonado ese leve desliz de casi 15 millones de euros que olvidó abonar...


Prueba de recuerdo histórico para dentro de unos años, no muchos pues la memoria es frágil: ¿Qué comparecencia era la esperada por ese inmenso bosque de cámaras que se muestra en la fotografía? (31 de julio de 2017). De suyo la respuesta apuntaría a un magnicidio, la muerte del papa o de un rey, el asesinato de Trump, la proclamación de un presidente democrático en Venezuela… Error. La mayor concentración de medios que se recuerde hasta hoy se localizaba a las puertas del Juzgado nº 1 de la localidad española de Pozuelo de Alarcón con motivo de la declaración de un futbolista por presunto delito fiscal. Al parecer, el pájaro se olvidó de pagar al fisco unos 14 millones largos de euros.
    Con trato de privilegio, el pelotero ingresó por el garaje y envió después a un mandao para que diera la cara. Cuánto mejor habría quedado con una comparecencia de tres segundos y sin tener que someterse al dolor de cabeza de componer una frase de cuatro palabras; haber usado, abonando el copyright, la de su homónima –por lo folklórica- Lola Flores, q. D. g.: “Si me queréis, irse”. Cristiano Ronaldo se denomina el producto y está tan bien pagado de sí mismo que achaca su injusta citación a que se llama como se llama. O sea, que Santiago es a Jacobo como Cristiano es a Narciso.
    Este goleador, pero nada más por mucho balón dorado que reciba, amenazó con abandonar el país cuando se le reclamó lo que debe. Iba a privarnos de su indumentaria de nuevo rico –sólo superada por la de Neymar, otro que tal baila-, de sus primitivos gritos cada vez que marca un gol o de sus exhibiciones abdominales en el césped o sobre el yate. Todo menos eso, don Narciso. Todo menos privarnos de su presencia física –de la intelectual nunca tuvimos rastro-. Si Montoro tuviera alma ya le habría perdonado ese leve desliz de casi 15 millones de euros que olvidó abonar, pero como los responsables de la hacienda pública, la de todos, son así de exigentes, no hay manera. Sea usted benévolo, perdone al ministro y permanezca en España. ¿Qué haríamos sin usted?  
 


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