09/09/2017 / 11:19
Jesús de Andrés


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Feliz año nuevo

Septiembre siempre ha sido la apertura de un nuevo ciclo, el situarse otra vez en la casilla de salida.


Para muchos, en particular para quienes dividimos el tiempo en cursos académicos, la vuelta del verano supone el inicio del año nuevo. Septiembre siempre ha sido la apertura de un nuevo ciclo, el situarse otra vez en la casilla de salida. Los días se acortan y las temperaturas se deslizan hacia el otoño. Finaliza la cosecha, se recoge la uva y la tierra –cambio climático mediante- debería temperarse con las primeras lluvias. Se hacen propósitos de renovación. Es el momento de apuntarse al gimnasio, de dejar de fumar, de aprender inglés. La televisión publicita fascículos y libros que colmarán nuestro saber, colecciones que nos permitirán descubrir una original afición, cursos que nos harán mejores.
    La medición del tiempo es una convención cuya actualidad depende de una larga y compleja secuencia de decisiones tomadas durante siglos, por lo que podía haber sido cualquier otra. A pesar de que el calendario gregoriano se usa hoy de manera oficial en prácticamente todo el planeta, siguen presentes otras muchas formas de medir los años. Los chinos celebran su inicio en una fecha variable de los meses de febrero o marzo. Los países de tradición ortodoxa lo hacen conforme al calendario juliano (cuyo desfase es de 10 días). Los musulmanes –que siguen un ciclo lunar- celebrarán su año nuevo el próximo 21 de septiembre (iniciando el año 1439 de su era). En la India la fecha también varía entre los meses de octubre y noviembre. Para los judíos el comienzo del año será el 20 de septiembre, momento en que celebrarán –ahí es nada- el año 5778 desde que Dios creó a Adán y Eva. Más allá de la homologación internacional o de las rectificaciones astronómicas realizadas, el inicio del año tiene mucho de acontecimiento cultural, de tradición que varía de un lugar a otro.
    El año nuevo fue fijado en enero por los romanos –que hasta ese momento lo celebraban en marzo- desde que en el siglo II a.C. establecieron su inicio en el solsticio de invierno y no en el equinoccio de primavera. Más adelante, en el siglo VI, la Iglesia fechó el nacimiento de Cristo el 25 de diciembre para hacerlo coincidir con el inicio del año. Sin embargo, cada territorio mantuvo sus costumbres: si los pueblos nórdicos lo festejaban en invierno, los bizantinos lo hacían el 1 de septiembre; si en Navarra coincidía con el Domingo de Resurrección, en Castilla y Aragón lo hacía con el día de la Anunciación de la Virgen (el 25 de marzo). Sólo Trento consiguió la unificación con el calendario gregoriano, al que se incorporarían poco a poco todos los países. Un acuerdo como tantos otros, consecuencia del avance del saber y de la historia acumulada.
    Lo celebre usted cuando lo celebre, acabado el verano comienza el nuevo curso y se vuelve, como decía Pedro Lahorascala, “del símbolo a la norma, del sueño a lo de siempre”. Feliz año.
 


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