08/04/2017 / 11:48
Jesús Fernández


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Respeto a las instituciones

Sin instituciones fuertes, estables, objetivas y neutras, la democracia sería un totalitarismo arrasador.


Entre los ciudadanos y el Estado se encuentran las instituciones que son el hilo que nos une a todos. La democracia circular tiene que ser compatible con la democracia  radial. Las instituciones, las leyes y no las personas conceden ese nivel de respeto, de dignidad y valor que todos concedemos a la vida en democracia comenzando por la Constitución y llegando al último reglamento o código regulador de procedimientos. Tenemos la sensación de que, en las instituciones, todo es líquido, todo se mueve y se remueve. Nada hay estable o duradero. Aquellos que practican la democracia protesta y revolucionaria, la del cambio por el cambio pero sin cambiar el cambio, al encontrarse con una roca de firmeza que es la Constitución, dirigen sus dardos contra las instituciones que emanan de ella y que creen más vulnerables.
     Sin  instituciones fuertes, estables, objetivas y neutras, la democracia sería un totalitarismo arrasador. Hablamos mucho de las conductas de las personas pero también hay que hablar del comportamiento de las instituciones, formadas por personas aún sabiendo que las personas pasan y las instituciones permanecen. Es urgente devolver o restituir la confianza y credibilidad a las instituciones. Si no se puede esperar mucho de la solvencia moral de las personas que gobiernan, confiemos, por lo menos, en las instituciones, en su origen y funcionamiento, aunque estén formadas por personas. Ellas son utilizadas por muchos para minar y debilitar al Estado. Sin embargo, el orden institucional es el que más se acerca al orden moral de un pueblo.    
 Es necesario hacer un cambio de perspectiva. Las instituciones están al servicio de la libertad del ciudadano no al servicio del poder del Estado. Por eso, puede haber instituciones sin democracia pero no democracia sin instituciones. Quien ataca o destruye las instituciones está destruyendo la libertad  individual y la democracia. Cuando hablamos de la autonomía  de las instituciones nos referimos a su independencia de intereses y poderes o  presiones ajenas a sus funciones. Independientes de influencias o de intervenciones políticas. Cuando hablamos de instituciones libres e independientes, todos pensamos en el poder judicial. Si se ha acuñado en la historia y en la política,  la expresión “Estado de  derecho” es, mayormente, porque las leyes y su aplicación son indiferentes a las ideas políticas de quien las interpreta y aplica, o sea, de los jueces. Y sin embargo, cunde la sensación de que los políticos cambian las leyes a su conveniencia, a sus intereses. Es la fractura que tienen de cambiar las instituciones.
 


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