24/12/2016 / 12:16
Ciriaco Morón


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El peso del saber

Lo primero que se nos impone al hablar del saber es que no hay uno, sino muchos.


Nueva Alcarria, del viernes, 16 de diciembre, junto a las magníficas aportaciones—lecciones de historia o de crítica literaria de varios colaboradores, entre los que se distingue siempre el maestro Monje Ciruelo—me sorprendió con el artículo de D. Pío Ranera, titulado “¿Se puede pesar el saber?”. En él sugiere que los vecinos de Peñalver me honren con mi peso en miel. Por supuesto, no tengo palabras para agradecer el aprecio que mi querido compañero de escuela muestra con su propuesta, pero mi esqueleto está ya un poco descalcificado, la carne un poco fofa y la voz algo cascada para el discurso que debería pronunciar. La elección de Cela Conde, en el centenario de su padre, ha sido magnífica. A mí en general no me gustan las alusiones al cuerpo. Cuando en 2004  me retiré de la Universidad de Cornell (en Ithaca, N. Y., lugar tan frío que hace casi tropical a Molina de Aragón) los colegas estadounidenses me preguntaban por qué me venía a Pastrana y no a Florida. Como allí va todo el mundo en pantalón corto, yo les decía: “No quiero atormentar mis ojos los últimos días de mi vida, contemplando las varices de mis colegas o enseñándoles las mías”.
    Pero los artículos del Sr. Ranera son siempre estimulantes, y la pregunta sobre si se puede pesar el saber me ha movido a una reflexión básica sobre el conocimiento. “El saber no ocupa lugar”, dice un aforismo clásico. A lo que contestaba D. Miguel de Unamuno (1864-1936): “Pero el aprender ocupa tiempo”. Con esta frase el gran pensador  alertaba contra los saberes inútiles. Por ejemplo, en 2015, hemos celebrado el cuarto centenario de la Segunda parte del Quijote. Lo central de la gran obra clásica consiste en su valor como obra maestra de arte intemporal y universal, y en su valor como análisis de experiencias y aspiraciones de las personas, al margen de su cultura concreta. Por eso el Quijote interesa en el mundo entero. Preguntas sobre el lugar de la Macha del que pudieron salir el caballero y su criado o sobre si hubo en Esquivias un hidalgo chalado con libros de caballerías son de importancia muy secundaria. Otros estudios, como la estructura social o económica en tiempo de Cervantes, están bien, pero no suelen entrar en el texto del Quijote como obra de arte humano.
    Lo primero que se nos impone al hablar del saber es que no hay uno, sino muchos. Yo he recordado sin consultar una enciclopedia las fechas de nacimiento y muerte de Unamuno, y a lo mejor podría improvisar una conferencia bien ordenada sobre su pensamiento; pero de física o biología solo tengo unos rudimentos que me capacitan para escuchar a los expertos, no para decir una palabra. En general, el saber que acumulamos en nuestra persona es ínfimo; la prueba es que podemos hablar de muy pocas cosas de manera breve, clara y ordenada, las tres cualidades necesarias de todo discurso. El saber no es una posesión personal, sino el esfuerzo de revelar  la realidad que nos rodea: física, biológica, psicológica, social, histórica; derramarnos en la realidad. Y desde luego, medir nuestro saber por la capacidad de improvisar es pueril: lo importante es lo que aporto en mi investigación sobre un sector de la realidad, al margen del tiempo que me haya costado el estudio. El saber revelador es también saber hacer: el “manitas” que repara la avería eléctrica o arregla el grifo del lavabo tiene una luz sobre la realidad de la que carecemos algunos que interpretamos el Quijote. ¡El peso del saber! Cuando cargamos al prójimo con nuestro saber personal, nos hacemos pesados; y además, ese saber pesado puede ser sonoro: “damos la lata”.


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