21/08/2018 / 21:32
Luis Monje Ciruelo


Imagenes

Hierbabuena para el té

Los primeros inmigrantes marroquíes que llegaron a España, o por lo menos a la provincia de Guadalajara, me hicieron recordar mi inicial contacto con los árabes en octubre de 1936, 


Los primeros inmigrantes marroquíes que llegaron a España, o por lo menos a la provincia de Guadalajara, me hicieron recordar mi inicial contacto con los moros en octubre de 1936, en vísperas de la conquista de Sigüenza por las tropas nacionales el día ocho. Estaba yo en Palazuelos, y llegaron como soldados de un tabor de Regulares procedente de Marruecos, incorporados al Ejército como unidades de nuestro Protectorado. Vestían un vistoso uniforme del que llamaba la atención el holgadísimo pantalón cuya culera les colgaba muy por debajo de las nalgas, prestándose a bromas y chistes escatológicos. El colorido de su vestimenta nos llamó la atención a los chicos, por su contraste con el monótono caqui de los soldados del Ejército y de los voluntarios requetés navarros y riojanos que en número superior a dos millares llenaban las calles y pernoctaban, como piojo en costura, en portales, pajares y tinados. En mi libro Memorias de un niño de la Guerra, agotado en sus dos ediciones, recuerdo aquella saturación de militares en el pueblo, previa a la conquista de la ciudad mitrada. No hay qué decir que los muchachos, con la escuela cerrada para acoger a los soldados, disfrutábamos de unas inesperadas vacaciones que aprovechábamos para convivir con ellos y adquirir unas experiencias que nunca habíamos soñado. Alternando con españoles y moros, advertimos que estos se desparramaban por los huertos para arramblar no sólo con frutas y hortalizas sino también con unas hierbas que nosotros no apreciábamos. Pronto nos enteramos de que lo que querían era hierbabuena, esa planta labiada, como luego aprendí, de agradable olor, usada como condimento. Ellos la utilizaban para mejorar el sabor del té, al que eran adictos. En seguida nos dimos cuenta del negocio que podíamos hacer a cinco o diez céntimos (de peseta) el manojo, según tamaño. Pero veo que me he ido por los cerros de Úbeda, pues yo lo que quería era escribir sobre ese casi 16% de inmigrantes en la provincia. Y veo que ya no me queda espacio, pues si he hablado de marroquíes en Palazuelos también debo referirme a la presencia de italianos, meses después, pertenecientes al Cuerpo de Voluntarios de Mussolini, los que lucharon en la Batalla de Brihuega. Por cierto, con su jefe, el general Mancini, mi abuelo, que era el alcalde, y yo, con doce años, más de una vez estuvimos al amor de la lumbre. Pero ni moros ni italianos estaban en Palazuelos como inmigrantes.


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