Aferrados a la esperanza y a la ciencia


Hace poco más de tres meses la vida nos dio un bofetón de realidad colosal, totalmente inesperado y extraordinariamente demoledor. Un revés descomunal de los que te cambian la vida a toda prisa y te recuerdan su finitud de la peor de las maneras posibles.

El culpable del mazazo, un tumor maligno de grave pronóstico que requería tratamiento contundente, enérgico e inmediato.  

Ante la terrible adversidad, la eterna pregunta del ¿por qué a él? La respuesta, ¿y por qué no? Según datos oficiales, se estima que en 2025 habrá 296.103 casos de cáncer en España, lo que supone un total de 597 por cada 100.000 habitantes. En Guadalajara el indicador se sitúa en 544 por cada 100.000, con cerca de 1.500 nuevos diagnósticos anuales. Tras la frialdad de los números, decenas de nombres propios de niños que apenas han aprendido a decir el suyo, de adolescentes en pleno proceso de crecimiento, de mujeres jóvenes y hombres adultos con mucha vida por delante, de ancianos a los que llega la desgracia en la recta final de su existencia. Mucha gente buena que no merecía esto. “No entres en bucle”, me responde mi gran amiga Concha cuando hago esta reflexión. Hace poco más de un año enterró a su inseparable compañero de vida, que perdió la guerra contra el cáncer tras librar encarnizadas batallas frente a la maldita enfermedad. “Esto toca cuando toca y a quién toca. No valen las lamentaciones. Hay que afrontar lo que viene con valentía y entereza”, me dice empeñada en alejar cualquier atisbo de victimismo ahora que la debilidad no es para nada recomendable.

De similar manera nos recibe la oncóloga del Hospital Universitario de Guadalajara en la primera consulta tras el fatal diagnóstico: “Es grave, será duro, pero no hay que tirar la toalla”. Nos habla con franqueza -porque ante estas situaciones no valen las medias tintas-, pero a la vez transmite una humanidad que reconforta. La misma que comparten todos y cada uno de los miembros del equipo que conforma el Servicio de Oncología del centro hospitalario de nuestra ciudad, armados de una sensibilidad incontestable. Un área con altísimo nivel de exigencia que demuestra cada día estar más que preparado para enfrentar casos de gran complejidad. Y lo digo con pleno conocimiento de causa y a pesar de que aún andan calientes los últimos datos del barómetro del CIS, apuntando a un descenso imparable de la confianza de los españoles en el sistema público de salud. La nuestra, sin embargo, se ha fortalecido.

Y así ha sido gracias a la implicación y diligencia de todos los profesionales que han seguido el caso desde que un dolor providencial nos condujera a Urgencias en julio de este año, ingreso durante el que no escatimaron pruebas ni esfuerzos para dar con el diagnóstico. Poco tiempo tuvimos de digerir la noticia y de compartirla con la familia y los amigos; solo unos días para enjugar las lágrimas derramadas por dos hijos adolescentes obligados a encajar el zarpazo de la terrible enfermedad. Apenas unas horas para sentir el abrigo del abrazo de los hermanos. Tan solo unos instantes para infundir tranquilidad en esos padres octogenarios que cambiarían su pellejo por el que todavía tiene tanta vida por delante. Porque el reloj corre y cada minuto es vital a la hora controlar el avance del cáncer.

Empieza así la lucha con la activación de un protocolo planificado al detalle y coordinado con distintas áreas especializadas en el abordaje de patologías de este tipo. De Guadalajara y de otros hospitales cercanos; “porque aquí no trabajamos como una isla”, asevera uno de los responsables de la Unidad de Oncología de Guadalajara transmitiéndonos la certeza de que harán todo lo que en sus manos esté por controlar la enfermedad. El plan inicial contempla ocho ciclos de quimioterapia e inmunoterapia que durante medio año intentarán revertir el diagnóstico. Y el ‘viaje’ está siendo duro, no se crean, pero por fortuna tolerable gracias a la incorporación de tratamientos cada vez más precisos y menos invasivos, que actúan de forma selectiva o utilizan el propio sistema inmunitario del enfermo para combatir el cáncer. Gracias a ello y también a la fortaleza de un paciente que, ni por un instante, se ha concedido el derecho a flaquear o a ceder al desaliento. Porque sus ganas de vivir pesan más que cualquier tasa de supervivencia que siempre tiende a inclinar la balanza hacia el escenario más pesimista.

En ese punto nos encontramos ahora; todavía fuertes, convencidos de que vamos a poder con ello, aferrados a la ciencia y a la fe. Dando la bienvenida con sincero entusiasmo a los nuevos medios y unidades que se están implementando en Guadalajara con el objetivo de garantizar una atención cercana y de mayor calidad para las decenas de guadalajareños que cada día reciben el zarpazo de la enfermedad. Como ese nuevo Servicio de Medicina Nuclear que acaba de iniciar funcionamiento y que ha sido dotado de herramientas de vanguardia para la detección de graves patologías. Una unidad que pone fin al calvario que cada año padecían multitud de pacientes obligados a recorrer, por ejemplo, los cerca de 400 kilómetros (ida y vuelta) que separan Guadalajara de Ciudad Real para someterse a un Pet tac. Un verdadero sinsentido con Madrid a media hora de la capital, y uno de los fallos más evidentes de las transferencias sanitarias en su promesa de brindar una asistencia de proximidad a los vecinos de la región.

Pero no quiero terminar estas líneas con el sabor amargo de los desajustes que presenta el Sistema Nacional de Salud o de la falta de equidad territorial que aún hoy persiste. Me despido con un mensaje de optimismo y de fe ciega en los avances de la investigación y en la profesionalidad de verdaderos héroes que dedican su vida a cuidar de la nuestra. Y también con un homenaje a todas las víctimas que, como la que tengo a mi lado, nos dan lecciones magistrales sobre la capacidad de sobrellevar la peor de las adversidades. Todos ellos me recuerdan -como dejó escrito Sartre- que no es la vida lo que importa, sino el coraje con el que la vives.